jueves, 11 de diciembre de 2014

A la luz de la tarde.


El frío, el ruido, la luz de la tarde, amortiguada por la calima, y esa afición que me puede y me convierte en un voyeur de las vidas ajenas, quizá como el mejor exorcismo de los demonios de mi propia vida, me llevaron a sentarme a solas en uno de los bancos vacíos de la alameda. Simplemente quería estar un rato sin pensar. Sólo inspirar y expirar, dejar que el reloj fuera marcando las horas, lento o rápido, me daba igual, de la misma manera que las maderas de ese banco marcaban mi cuerpo. 
En medio de las cuquis de medio pelo que iban a tomar el té a esa hora, tomar café es taaaan vulgar, querida,  pasó frente a mi una mujer con la mirada y la juventud perdidas. No sé si ambas se perdieron en el mismo sitio, no sé si las dos por la misma causa, y no sé si una se extravió buscando a la otra. Pero lo cierto es que ninguna  de las dos la acompañaban ya en su paseo errático por la misma alameda donde yo, mirón ocasional, observo su decadencia. No puedo evitar preguntarme si esa mirada, vacía de expresión, es la que se ve también en mis ojos cuando otros ojos los miran desde la distancia y el aséptico desconocimiento de un extraño en la calle.
Esa idea hace que un nudo me atenace el estómago y de pronto dejo de sentir las tablas del banco marcando mi carne, el frío de la tarde mordiendo mi piel, el aturdimiento del ruido de la gente, e incluso la misma gente parece desaparecer de mi alrededor. De repente, parece que sólo quedamos esa mujer, de juventud perdida, mirada extraviada y andar errático y yo. Y entre los dos, esa duda que no paraba de crecer en mi interior, pesada y obsesiva hasta el extremo, tanto que no pude sino cerrar los ojos y esperar a que el miedo se  fuera diluyendo con esas lágrimas que empezaban a caer, lentas y tibias por mi cara.

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