domingo, 21 de diciembre de 2014

Despedidas.


Recientemente la muerte ha venido de visita, a buscar a uno de los míos.
No fue una visita inesperada. De hecho la suya nunca debería ser una visita inesperada porque de todas las pseudo certezas que los humanos decimos tener, esa es la única que siempre se cumple: todo lo vivo, muere. Y aunque su visita no fue inesperada, tampoco fue bienvenida. ¡Pocas veces lo es! El temor a lo que desconocemos, ese miedo atávico que anida escondido en la parte reptiliana de nuestro cerebro, hace que su paso por nuestra vida, como punto final de la misma, siga reflejando más el temor que la aceptación de una nueva fase, esta vez la última, de nuestra existencia. 
Hoy escribo esto pensando en alguien que ya no está, que se acaba de ir para siempre. Alguien que conocí, que quise (aunque fuera brevemente y en un tiempo ya lejano), alguien con quien compartí confidencias, mesa, mantel y, en muchas ocasiones, penurias. Y me doy cuenta de que, en el fondo, escribo eso por mi. Tal vez porque sé que nadie lo hará en el momento en el que sea yo quien haya partido.
¿Qué siento en realidad ante la muerte? ¿Qué razón inteligente hay para mantener todo el rito que la acompaña, más dedicado a los vivos, los que aquí quedamos, que a los difuntos, los que ya no están?
Porque ellos ya no están. No al menos de la forma  en la que estamos nosotros. 
La muerte es la gran niveladora, me decía un amigo ayer.
Ella es quien mejor imparte la definitiva justicia social porque le da igual tu edad, tu estatus, tu color de piel, tu religión o tu sexo. Le da igual si fuiste una buena persona o un redomado canalla. No le importa si amaste, si te amaron o si tuviste una vida triste, fría y gris. Ella viene, y con su sola presencia hace que nada por lo que hayas luchado, vivido o trabajado tenga ninguna importancia en ese momento. Hablo de la muerte, del acto en sí, no de los ritos que la adornan o de las ínfulas de grandeza con la que los vivos tendemos a decorar su presencia para quitarle ese sentimiento de final irreparable que la acompaña.
Dicen también que no morimos del todo mientras alguien nos mantenga vivos en su recuerdo. Entonces sin duda yo seré el muerto más muerto que pueda existir. Lo que si sé es que ella, la muerte, también vendrá a por mi. Y ambos nos iremos de la mano, tranquilos, riéndonos de mi última ocurrencia.
Espero que al menos ese día me salga un buen chiste. 

1 comentario:

LUZ MARINA GOPAR SANTANA dijo...

Yo me acordaré de ti, por que eres una parte importante e indispensable de mi vida. Ofreces más de lo que crees y sabes qué, el dia que ella venga a buscarte tendras un buen chiste, por que a veces te falla la salud, pero el ingenio amigo mio, esta latente en cada respiración que exhalas. Siento mucho esta perdida...Prefiero leer cosas mas acidas de tu parte, cargadas de ironia, que aceptar el hecho de que un día puedes no estar, por que tu dolor me duele. Asi de simple