miércoles, 17 de diciembre de 2014

El equilibrio.


Tal vez sea una funesta consecuencia de los telefilmes y las películas de Hollywood, pero desde que en 1.966 se promulgó en los EE.UU, la conocida como Ley Miranda, se ha convertido en habitual oír en los interrogatorios aquello de "Tiene usted derecho a...". 
Y asumimos que eso siempre fue así.
Curiosa ley la Ley Miranda. Y curiosa la sociedad norteamericana, capaz de modificar su ordenamiento legal si alguien, en este caso, Ernesto Miranda, un ex convicto, reincidente, y acusado de rapto y violación, considera -y además demuestra- que sus derechos fundamentales, en concreto los recogidos en la 5ª y 6ª enmienda de su constitución, fueron vulnerados. En 1.966 se dicta esa Ley por el Tribunal Supremo y al reconocer que sus derechos no fueron respetados, Ernesto Miranda sale libre...para morir apuñalado en un bar por alguien que consideraba que sí que era culpable y que había que hacer justicia de una u otra manera.
Lo irónico de todo esto es que su asesino sí se benefició de la nueva doctrina implantada por la Ley que llevaba  el nombre de su víctima.
El caso es que la frase yo tengo mis derechos; o la de yo conozco mis derechos, es ya un clásico que no sólo ha traspasado fronteras sino ámbitos y que se ha extendido a toda la sociedad. Sin duda, vivimos en una sociedad de derechos. Todos tenemos derechos y todos exigimos nuestros derechos. Pero hay algo que echo en falta.
Todos tenemos derechos, sí, y los enarbolamos como banderas de guerra, pero no oigo a nadie hablar de sus deberes. ¿Es que ya no hay obligaciones en esta sociedad?
No creo que nadie piense así. Es más, estoy seguro de que la gente cree que sí que existen obligaciones, pero mientras los derechos son mis derechos, las obligaciones siempre son tus obligaciones.
Y así, sin equilibrio, no hay sociedad que pueda avanzar.

No hay comentarios: