lunes, 1 de diciembre de 2014

Sobre dioses y hombre


Yo nací y crecí dentro de una familia católica, de esas fundamentalistas, de las de misa y comunión diaria, de las que rezan al acostarse y al levantarse, antes y después de comer. Mi madre incluso rezaba mientras hacía la comida. No sé, tal vez por eso le salía divina...
Pero todo lo que se consume en exceso, harta. En mi caso lo que me alejó de la religión practicante y militante, de la católica y de todas, no sólo fue el empacho de misas, rosarios, rezos y jaculatorias, sino que además fue una pérfida y pecaminosa costumbre: la de leer. Leía de todo, y en ese todo entró también filosofía e historia. En ambas disciplinas pude conocer otras religiones. Puede que fuera entonces cuando comprendí que yo había nacido católico, apostólico y romano por una mera casualidad, por un simple azar cósmico, y no por designio divino.
Al comparar religiones, las actuales y las del pasado, las de aquí y las de allí, me di cuenta de que todas tienen una raíz común: el miedo que siente el ser humano a lo desconocido y la necesidad de creer que algo o alguien, más grande, más fuerte, más sabio, mejor en suma, cuida de nosotros y nos protege, o por el contrario, nos endereza si nos desviamos de la senda
Comprobé que dios, (o los dioses, según de qué religión hablemos), era más poderoso y temible en la proporción inversa al conocimiento que tuviera el hombre del universo que le rodeaba. De tal manera que si Nietzsche afirma en "Así habló Zaratustra" que Dios ha muerto, en cierta manera su asesino ha sido la ciencia, que le ha brindado al hombre la capacidad de comprender sin la necesidad de creer.

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