jueves, 27 de febrero de 2014

España, ese paraíso.


Yo quiero vivir en España. Lo tengo decidido. No quisiera vivir en ningún otro país del mundo. Es más, no creo que exista ninguno que sea mejor que éste en todo el planeta.
¿Cómo no voy a querer vivir en un país al que otros países miran como modelo para resolver sus problemas de estándares en las energías renovables? ¡No me pregunte cuáles, por Dios! En mi descargo diré que el Ministro Soria tampoco lo sabe...aún.
¡Cómo voy a querer vivir en otro país que no sea éste, si aquí, según he oído, ya avanzamos con paso firme y decidido hacia un crecimiento sostenido y sostenible dentro de los parámetros de una economía de mercado competitiva y moderna, en el ámbito de una sociedad plural del siglo XXI! Signifique lo que quiera que sea ese galimatías.
¿Quién querría vivir en otro sitio que no fuera éste, cuando el paro baja, las rentas medias dejan de tributar, el uso de la sanidad se racionaliza, la educación es más eficiente, el transporte más rápido, el deporte es un activo, el cine -¡ay, no, que el cine es ese nido de rojos irredentos!- la cultura, mejor, paga menos IVA?
Lo que les dije en mi introducción: Yo sólo quiero vivir en España.
Ahora sólo me falta encontrar la puerta que da paso a esa España de fábula, a esa Narnia mítica y utópica que nos quiere vender el gobierno, y ya seré completamente feliz.
O encontrar a quien les provee de esas pastillas tan graciosas que deben tomar entre las comidas. 

domingo, 23 de febrero de 2014

Cuestión de luces.


Se levantó temprano. Mucho antes de lo habitual. 
Llevaba muchas noches en las que dormir era un lujo y descansar una utopía. De cualquier manera, ese día iba a ser especial. O por lo menos quería que fuera un día diferente. Eso se decía mientras se peinaba frente al espejo, debajo de aquella bombilla amarillenta y su luz mortecina. Nunca le gustó aquella luz. Siempre pensó que le hacía parecer más triste de cómo se sentía, más vieja de lo que era. Siempre pensaba que tenía que cambiarla por uno de aquellos bombillos ecológicos de luz blanca, pero nunca acabó por decidirse a parar en la tienda para comprarlo.
Así son las cosas.
Y hoy no iba a ser diferente. O sí. Sí, hoy quería que fuera diferente, pero no porque ya estuviera hasta el moño de aquella luz, sino porque hoy cumplía 50 años.
50 años. Se quedó un rato mirándose en el espejo, mirando aquella cara ojerosa, con algunas arrugas, demasiadas ya para disimularlas con cremas y  bálsamos milagrosos, con unos ojos que le devolvían una mirada que ya no era desafiante ni curiosa. Esa no era la mirada que recordaba ver en sus ojos cuando cumplió 18 años y planificó cuidadosamente su vida, así, también frente a un espejo.
Claro que su vida ahora tampoco tenía nada que ver con la que aquella joven había soñado y planeado con más ilusión que sentido común; nada.
Cerró los ojos con fuerza con la ilusión de que, al abrirlos, la imagen que le devolviera el espejo fuera la de aquella joven llena de esperanzas y no la de esta mujer que estaba a punto de ahogarse en su propia realidad. Pero cuando los abrió de nuevo volvió a comprobar que los milagros sólo existen en los cuentos.
Salió lo más rápido que pudo. No quería seguir más tiempo ante aquél espejo ni bajo aquella puñetera bombilla amarillenta y mortecina. Hoy iba a darle un cambio a su vida y lo primero que iba a hacer es comprar un bombillo de luz blanca que, al menos, no aumentara el sentimiento de melancolía en el que se ahogaba cada día.

lunes, 10 de febrero de 2014

David Girardon

Estatua Torrente Ballester, Café Novelty, Salamanca.

El cartel es escueto: Cafetería Casa Garbo, comidas caseras, (desde 1958). La decoración, desde luego, había cambiado poco desde esa época.
Muchos días me detengo frente a su cristalera y me quedo un rato mirando el local. Es como un ritual que no sé cómo abandonar o si realmente quiero hacerlo.
A veces entro y pido un café. Allí saben preparar un buen café.
No todo el mundo sabe. Hacerlo bien es casi un arte: hay que calibrar el molinillo para que tire la cantidad exacta de café molido en cada cazoletazo, y luego hay que saber cuándo parar la salida de agua para que el expreso tenga la medida exacta, el sabor perfecto y la textura ideal.
Todo un arte. 
Y en Cafetería Casa Garbo, comidas caseras, (desde 1958) lo dominaban a la perfección.
David Girardon, su dueño, le puso ese nombre en honor al famoso espía español que engañó a Hitler y fue crucial para el desembarco de Normandía. Según él, Garbo fue la persona que cambió el rumbo de la II Guerra mundial y la que propició la liberación de su país, y su padre, que estuvo en el maquis, se lo repetía siempre. A veces matamos las horas muertas, las suyas y las mías, hablando de viejos miedos y nuevas guerras.
¿O es tal vez al revés? No sé. Las cosas son tan parecidas y al tiempo tan distintas que hay momentos en los que la línea que las separa en mi mente es muy difusa.
Hoy me apetecía escuchar a David, con su acento francés que nunca ha perdido,  y disfrutar de ese excelente café que sólo él sabe preparar tan bien.
Fui a entrar en Cafetería Casa Garbo, comidas caseras, (desde 1958) pero hoy la puerta estaba cerrada. En vez del cartelón con el menú del día, un folio a ordenador señalaba que el local estaba cerrado por duelo y otro explicaba que el negocio se traspasaba por defunción del propietario y cocinero.
Me senté en el parque que está justo enfrente de la cafetería y estuve toda la tarde preguntándome si el nuevo propietario de  Cafetería Casa Garbo, comidas caseras, (desde 1958) sería uno de esos iluminados que entran con la piqueta en la mano, reformándolo todo para hacer algo tan nuevo y moderno que al final resulta idéntico al local de al lado o al de enfrente, o sería alguien con más criterio y respetaría el espíritu del local, agiornándolo pero manteniendo viva esa diferencia que lo hacía tan especial.
Y sobre todo me preguntaba una y otra vez si sabría hacer un café decente como el que preparaba David Girardon.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Panchi.


El mundo se va al carajo. Mire para donde mire, lea lo que lea, oiga lo que oiga, el fondo es siempre el mismo: crisis, hambrunas, desastres naturales, crímenes horrendos, abusos, paro, guerras, injusticias...
¡Vaya mierda!
Si hasta las publicaciones denominadas de ayuda se escriben últimamente con recetas que no paran de nombrar a la crisis. 
Ya no se escriben cosas como las de Dale Carnegie. No, ahora todo es "cómo enfrentarse a la crisis", "cómo encontrar trabajo en épocas de crisis" y cosas así. De manera que hasta en los títulos de esas publicaciones pretendidamente optimistas se cuela el mensaje de que la crisis lo gobierna todo.
La felicidad vital parece estar proscrita.
Sin embargo, cuando veo a mi gata, veo un ser feliz.
Ella lo tiene todo. Come, bebe, duerme calentita y ni se inmuta cuando, sentada junto a mi, ve en los noticiarios la ristra de calamidades que nos azotan. De hecho, cuando me ve despotricar como un energúmeno ante esta o aquella noticia, se gira majestuosamente, me mira con cierta burlona indiferencia en su cara y tras estirarse voluptuosamente se marcha muy erguida hacia otro lugar de la casa que sea igual de calentito  y esté más en paz. 
¡Por Dios, cómo envidio a mi gata!

(Publicado previamente en Plumas Hispanoamericanas)