sábado, 26 de abril de 2014

A la vuelta de una esquina.


Me tropecé con él al doblar una esquina. Claro que, ahora que lo pienso, las esquinas tienen esa utilidad, ¿no?,  la de que te tropieces al doblarlas con viejos amigos o con antiguos amores a los que haces tiempo que ya no ves o has dejado de odiar. Esa, y la de que los perros puedan mear en ellas para marcar su territorio, claro.
Lo vi mayor. Muy desmejorado. Ni rastro de aquel hombre dinámico y activo, listo como el hambre y fuerte, que reunía a su alrededor a una cohorte de admiradores de esa vida tan extravagante que había llevado, pardillos entre los que yo me encontraba. De una sola ojeada pude ver como el tiempo empezaba a ser cruel con él. Claro que no podía quejarse. ¡Estaba a punto de cumplir 79 años, carajo! Y aún andaba recto. Pero no sé, algo había en su voz, quizá más débil de lo que yo recordaba; o tal vez fuera en su mirada, menos vivaz y brillante, con menos chispa que antes. Todo aquello me indicaba que el viejo militar ya no tenía mando en plaza. Nos invitamos a café. Durante aquella charla errática él parecía querer insistir en mantener viva lo que ya se hacía evidente que ya sólo era una vieja ficción tan muerta como al parecer lo estaban algunos de sus recuerdos. Sentí pena. Sé que no debiera. En su plenitud vital fue un hombre despiadado, casi cruel. Nunca tuvo en cuenta qué medios, legales, ilegales, humanos, o no, usar si éstos lo llevaban directa y rápidamente a conseguir su fin. Cayera quien cayera. Siempre y cuando el que cayera no fuera él, claro.
Cuando nos despedimos, en vez de abrazarnos nos miramos como dos perros de la guerra curtidos en mil batallas, no todas inventadas, con algo de afecto y un cierto recelo en la mirada preñada de viejos desafíos. No sé si él meó en su trozo de esquina para marcar el territorio cuando me di la vuelta. Yo sí que estuve a punto de hacerlo.

domingo, 20 de abril de 2014

Motivando.


La culpa la tuvo aquella mariposa. El sol de la tarde hacía brillar los colores de sus alas de tal manera que yo, con siete años, jamás había visto antes. Era imposible que no me quedara embobado mirando para ella o que siguiera prestando atención a la aburrida clase de gramática.
-¡Ibrahim Chamali!
Aquel fue un grito de doble efecto: logró que me olvidara de la mariposa y me puso de pie al instante. La voz del padre Mariano era para nosotros, los alumnos de 2º de EGB del Colegio Claret, algo así como el sonido atronador que anunciaba el castigo, ya fuera divino o humano, lo mismo daba. Imponía, créanme.
-A ver, dígame: ¿qué estaba explicando cuando usted decidió que eso no era de su interés?
El padre Mariano fue el peor profesor de todos aquellos que me torturaron a lo largo de mi vida escolar. Y fueron muchos. Pero éste además se creía investido de una autoridad divina y siempre nos lo recordaba justo después de aplicarnos el castigo que él considerara adecuado a nuestra culpa. 
Y por si fuera poco, parecía tener ojos en la espalda, porque era capaz de saber quién estaba mirando hacia la pizarra y quién no, sin necesidad de volverse. Creo que eso y andar en el silencio más absoluto, eran sus únicos méritos académicos.
-¿Y bien?
Mi cara debió responder por mi, porque el tirón de pelos que me dio en la patilla derecha, me puso de puntillas e hizo que se me saltaran las lágrimas.
-Recuerde, Ibrahim. Le castigo por su bien. Y lo hago investido de la autoridad del maestro y como sacerdote.
Me senté con la cara ardiendo, un mechón de pelo menos, los ojos con lagrimones y la mirada aterrorizada de los otros 32 niños posada en mí, mientras el padre Mariano se dirigía de nuevo a la pizarra soplándose mis pelos de entre sus dedos sentenciando: 
-¡Jamás será usted nada útil en esta vida con esa actitud! ¡Qué pena, con lo excelentes estudiantes que fueron sus hermanos! Rece, rece por no ser usted la decepción de su familia...
Tuve que escuchar aquella frase de sus labios cada vez que me pilló despistado en clase a lo largo de todos los años que estuve en ese colegio, cosa que, reconozco, me pasó con alguna frecuencia. 
¡No cabe duda de que el padre Mariano sabía cómo motivar a un niño!

martes, 8 de abril de 2014

A modo de despedida.


Hay quien afirma que, o te enamoras así, de sopetón, como si te diera un golpe de calor, o realmente no te enamoras. Sin embargo, al menos en mi caso, esa teoría del flechazo, eso del amor a primera vista,  nunca se ha cumplido. Y les puedo jurar que he amado y he sido amado apasionadamente.  Y que en la actualidad se sigue dando esa circunstancia. Pero no sé si, tal vez mi naturaleza analítica predomina sobre la parte emocional de mi mente. De verdad que no lo sé.
El caso es que cada vez que me he enamorado lo he hecho a sorbitos, de poco a poco, hasta que por fin la borrachera de los sentimientos fue tal que ya no supe reaccionar y me vi pillado. 
Todas las confidencias anteriores, tan poco habituales en mi, vienen porque hoy, cosas del destino, me he enterado de que hace pocos días murió unos de mis primeros amores. 
Cuando me lo dijeron sentí un vértigo extraño. Y eso que hace treinta y tantos años que no nos veíamos cara a cara. Sin embargo, jamás nos perdimos el rastro del todo. Siempre hubo algún amigo o alguna amiga que nos traía de tanto en tanto noticias al uno de la otra o viceversa.
Así me enteré de que ella nunca llegó a casarse. Creo que fue porque nunca tuvo la paciencia necesaria para aguantar las tonterías de nadie y, además, le sobraban razones (o eso dijo siempre) para que nadie aguantara las suyas. Quizá por eso su vida fue un continuo ir de pareja en pareja. A veces sin tener en cuenta ni edad ni sexo, lo que al principio, hace ya tantos años, reconozco que me escandalizó. Como a todos, claro. 
¡Qué estúpidos y ciegos fuimos entonces!
Porque ahora que lo pienso, ahora que ya no puedo decírselo, ¿por qué habría de ser mi opción de vida mejor que la suya? ¿Qué derecho teníamos yo, o tú, lector, o su familia, que le dio la espalda escandalizada ante tanta promiscuidad, para juzgarla?
Creo que a ella todo aquello le dio siempre igual porque, en el fondo, siempre fue una persona más inteligente y más valiente que los que la rodeábamos. Alguien que no daba respuestas ante las preguntas que no le gustaban. Alguien que fue tan feliz y tan libre que nunca necesitó a nadie para serlo.
Descansa en paz, amiga, amante, mujer libre, y aunque ahora ya sea tarde para ello, quiero que sepas que hoy te comprendo.

jueves, 3 de abril de 2014

Un día de mala suerte


El 9 de octubre cambió mi vida. Y lo hizo de una manera tan radical, que aún hoy, seis meses después, no he logrado adaptarme a ella.
Todo se debió a una casualidad. A un hecho meramente fortuito. Si no hubiera estado sentado en esa cafetería, si no me hubiera aburrido tanto leyendo aquel periódico resobado, si hubiera puesto la oreja para escuchar la conversación de la mesa de al lado, probablemente nada de lo que ocurrió después hubiera sucedido y mi vida hubiera seguido el curso plácido y monótono de siempre. Pero no. Está visto que ese día todo estaba conjurado para que mi vida, tal y como yo la había vivido hasta entonces, diera un giro y cambiara de una manera absoluta.
Tal vez fue el inusual ajetreo de ir y venir de las camareras y el encargado entre la barra y la mesa, y viceversa, lo que me llamó la atención. O quizá fuera el tono nervioso de la conversación que mantenían las clientas con ellos. No sé. Pero el caso es que, de pronto, sin saber cómo, en la cafetería sólo quedamos ellas, el personal y yo.
Y un silencio extraño e incómodo que se veía subrayado por El Chojín que cantaba Únete a mi Bando en un CD en la cocina.
De repente una mano se posó en mi hombro dándome un susto de muerte. Tanto, que el café que estaba tomando acabó en mi camisa del salto que pegué.
Me giré furioso y asustado, dispuesto a cagarme en la madre del responsable de aquel desaguisado hasta que mi mirada se tropezó con dos enormes policías, que salieron de la nada, con caras de pocos amigos. O más bien de muchos enemigos. Y muy susceptibles, carajo. Eso, o no son capaces de entender que cuando te cae una taza de café encima, lo normal es que manotees para limpiarte, porque el café caliente quema. ¿O no?
Pero el más bajo de de los dos entendió que le estaba atacando. Y me aflojó un castañetazo de esos que hacen época. De los que hacen época y te aflojan los empastes al mismo tiempo, vaya.
Sin embargo el otro, el más alto, no fue tan impulsivo. Ese esperó que estuviera ya en el suelo, boqueando en busca de un poco de aire, para patearme bien los riñones. 
Sin duda hacían un buen equipo. Estaban muy compenetrados  los dos. Eran como bailarinas. O mejor, como bailadores de flamenco. Sólo que a mi me daba la impresión de que el zapateado me lo estaban bailando en el lomo. Luego vino la misericordiosa oscuridad del desmayo.
Y aquí estoy ahora, seis meses más tarde; en una cárcel a espera de juicio. Acusado de violar a no sé cuántas mujeres. Y todo lo que hay contra mí es la identificación de esas dos chicas que estaban desayunando en la mesa de al lado el 9 de octubre pasado. Eso, claro, y todas las que, después de que mi imagen se viera en  los telediarios, dijeron reconocerme. Aunque unas dijeron que estaba más gordo, otras que más flaco, unas que me recordaban más alto y hasta una dijo que yo tenía pecas. ¡Pecas, y eso que soy moreno! Casi mulato.
Además, King y Kong, los dos policías-roperos que me detuvieron 
(yo los llamo así), pusieron en su informe que me resistí violentamente y que traté de huir, por lo que tuvieron que usar la fuerza "de manera proporcionada" ante mi reacción agresiva. Lo que corroboraron todos los testigos presentes.
Estoy jodido.
Porque el autentico violador, si es que existe, que ya lo empiezo a dudar, jamás ha dejado ningún rastro biológico, y de él sólo tienen los testimonios de las mujeres violadas. Y por lo que mi abogado me ha contado, estas descripciones son tan generales que cualquiera podría encajar en ellas.
"Si al menos no te hubieras resistido tan violentamente al arresto, hombre, pero así me lo pones muy difícil, la verdad."
Es entonces cuando lo miro y me dan ganas de aplastarle esa cabeza repeinada y engominada. Pero mejor no. Al fin y al cabo, me han dicho que él es el único que está de mi parte.
Estoy bien jodido...