jueves, 19 de junio de 2014

Cosas de juegos.


Como para casi todos los niños de mi generación, la guerra para mi, sólo era un juego. Jugar con palos que simulaban ser fusiles, espadas o puñales, era mi diversión preferida. Aquella era una guerra de mentira, un juego maniqueo donde los buenos eran invencibles, cubiertos de sangre ajena e investidos de un valor propio que los convertía en héroes, y donde los malos eran unos seres abyectos, cobardes por definición, que huían en desbandada en plena batalla para no morir en ella.
Imitábamos las imágenes de la guerra de Vietnam que poblaban los telediarios de aquellos años o repetíamos hasta la saciedad lo que leíamos en Hazañas Bélicas, el cómic para niños, de moda por entonces, que nos contaba las heroicidades de los soldados aliados en la II Guerra Mundial.
En un país y una época donde el ir de uniforme era algo habitual y quien lo llevaba, poderoso y temido. ¿Qué niño no iba a querer ser de los que mandan?
Nadie nos enseñó que esa guerra de mentirijilla era un reflejo de aquella otra guerra, la de verdad. Y que en esas guerras de verdad las heroicidades no tenían cabida. Que lo que producían esas guerras era dolor, destrucción, odio y muerte.
Éramos niños y jugábamos a la guerra. Nadie nos hizo pensar en aquellos otros niños que morían en las otras, en las que la sangre no era de pega y el fuego quemaba de verdad. Llegábamos a casa sucios y derrengados, sudorosos y llenos de barro, a veces con la ropa rota, y en muchos casos con auténticos morados de las caídas, o de los golpes de aquellas espadas de mentira.
 Y además, éramos felices en nuestra inconsciencia.

jueves, 12 de junio de 2014

Anclados.


Son el club de los que han perdido el paso.
Al menos yo los llamo así. Son un grupo de hombres que pasan de los cincuenta años, algunos incluso parecen estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Todos se dedicaron al mundo de la intermediación inmobiliaria cuando éste estaba plagado de amas de casa o de personajes como ellos, sin oficio ni beneficio, que con una agenda y un teléfono móvil, y ninguna preparación o formación profesional, ganaban tres, cuatro, cinco o seis mil euros cada mes por los que no tributaron jamás. Eso cuando no daban un pequeño pelotazo y se embolsillaban una comisión de doce o quince mil euros. Todos vivieron en la cresta de una ola, dejándose llevar a dónde la marea fuera, sin darse cuenta de que, cuanto más alta es una ola, con más fuerza bate las rocas de la costa al romper en ella. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: cuando la marejada de dinero fácil se convirtió en un tsunami de ruina y caos financiero, ellos se dieron de bruces con la dura roca de la realidad. Ésa que siempre está ahí, en tierra firme, y que sigue ahí después de miles de olas, altas, medianas y bajas, que rompen contra ella desde siempre.
Pero los componentes de este club de los que han perdido el paso del desfile de la vida, se niegan a reconocer esa realidad y sus propias miserias. Ellos siguen ahí, haciendo tertulia en la cafetería de la Casa del Mar, tomando un café que les dura una hora y un vaso de agua que tardan otra media hora en beber. Vistiendo ropa que una vez estuvo de moda y calzando zapatos que vivieron mejores épocas y anduvieron por los enmoquetados despachos de los notarios y por los suelos de mármol de algunos despachos financieros. Viven como lo que son y como lo que, en el fondo, siempre fueron: como mentirosos e intrusos. Fingiendo ser lo que hace años que la realidad demostró que no eran: profesionales de un sector complejo y con necesidades específicas de ciertas aptitudes de las que ellos carecen completamente. 
A veces, los escucho desde la mesa de al lado. Son una media docena, de los que cuatro son fijos en esa tertulia anclada en un pasado que, tal vez, fue glorioso para ellos alguna vez. Mienten continuamente. ¿Cómo van a decir la verdad? ¿Cómo van a hablar sobre la realidad de su vida cotidiana? ¿Cómo van a reconocer delante de los otros que hace tiempo que sus únicos ingresos provienen del paro o de las ayudas sociales y que, en realidad, en esas carpetas de tapas gastadas y gomas cedidas, no llevan esos grandes proyectos inmobiliarios o esos contratos de reserva de los que continuamente están hablando? Aquí, el primero que reconozca la verdad en público, o será expulsado de este tan poco selecto club, o directamente acabará con el mismo a golpe de realidad desnuda y dura.

miércoles, 11 de junio de 2014

¡Ya está bien!


Me reconozco cansado. Estoy muy harto de tanto lobo político acechante y ansioso por llegar a ser el macho alfa de una manada que se arroga privilegios que exceden de los que las urnas les dan o su cargo conlleva. Estoy francamente hastiado de tanto alboroto inútil, de tanta soflama interesada, de tanto grito, de tanta descalificación basada más en discursos vacíos de otro contenido que no sea el de quítate tú para ponerme yo.
Esta gente vive drogada, trabaja drogada, habla drogada, y toma drogada las decisiones que afectan a mi vida y a la de tantos como yo. Y afirmo que lo hacen drogados, sí. Alienados por la ambición más sucia: aquella que se basa en obtener sólo lo que ellos desean, y además lo hacen mintiendo con el desparpajo que les da saberse prácticamente impunes. Me da igual los colores que vistan o la bandera en la que se envuelvan. Todos, pero todos, pecan de lo mismo: de confundir sus ideas, voluntades e intereses con los del pueblo, al que califican de soberano, sin empacho o rubor alguno.
Estoy muy defraudado al comprobar que, elección tras elección, en el país de los ciegos, el tuerto sigue siendo rey; de ver, una y otra vez, cómo nos vampirizan sin el menor decoro o remordimiento, cómo hacen bueno el refrán aquél que dice : prometer hasta meter, y una vez metido, olvidemos lo prometido.  Ciegos y estúpidos, estos lobos políticos no ven que el rebaño se rebela cada día un poco más. Que algunas ovejas ya no van tan dóciles al matadero y de que, poco a poco nos volvemos sordos ante sus cantos de sirenas. De que, ya que ellos no lo hacen, somos nosotros los que empezamos a pensar y a tener espíritu crítico qen los que vemos o nos dicen. Yo les recomendaría a estos aprendices de gurús que aparquen la lectura de "La riqueza de las naciones" de Adam Smith, o de "El Capital" de Karl Marx, o del argumentario que les mandan cada mañana al smartphone los sesudos estrategas de sus partidos, y leyeran (dudo que lo hayan hecho antes, a la luz de sus actos), "Rebelión en la Granja", de George Orwell. 
Tal vez entonces, y sólo tal vez, empiecen a vislumbrar las consecuencias de sus actos.

sábado, 7 de junio de 2014

Antes.


Antes nos veíamos más a menudo. Antes, cuando éramos jóvenes y alocados, y creíamos que el futuro sería siempre patrimonio nuestro, que la vida jamás dejaría de ser esa maravillosa aventura llena de diversión y emociones. Eso era antes. Cuando los días siempre tenían un cielo azul y las noches siempre estaban llenas de vino y rosas, de sexo desenfrenado que disfrazábamos de amor apasionado para no infringir las reglas de una sociedad que decíamos venir a cambiar. Claro que eso ocurría antes. Cuando nuestros únicos miedos eran engordar, quedarnos calvos o envejecer sin cumplir las metas. Antes. Luego llegó la vida y todo cambió. Dejamos de vernos tan seguido. Llegó el matrimonio, con él los hijos, las responsabilidades y alguna irresponsabilidad también. Llegó el divorcio, nos repartimos los despojos del naufragio de los sueños, envejecimos, engordamos, y hasta muchos perdimos el pelo. Dejamos de vernos, punto.
Y luego, al cabo de los años, volvieron las llamadas.
Siempre del mismo amigo. Siempre con el mismo mensaje. ¿Cómo estás? ¡Qué barbaridad, el tiempo que hace que no hablamos! ¡Parece mentira, cómo somos! Oye, que Carlos, o Angelito, o Miguel, ha fallecido. Sí, ¡qué palo, tío! ¿Nos vemos todos a las 10 en el Tanatorio? Sólo cambiaba el nombre en cada ocasión. Sólo cambiaba la frecuencia de la llamada, cada vez mayor. Eso, y que todos cada vez éramos menos.
Esta semana, por mi cumpleaños, sonó el teléfono. Pero no, esta vez no eras tú. Esta vez fue tu nombre el que iba en el mensaje.
Todos morimos, ya lo sé. Lo hemos hablado mil veces ante mil copas en esas noches eternas de eterno insomnio. ¡Ya dormiremos cuando estemos muertos, joder! Decíamos brindando por la vida. Una vida que ambos sabíamos que se nos escapaba de entre los dedos, pero que nunca quisimos atrapar más allá de lo que dura esta copa, carajo, que mañana, sí es que existe, ya veremos cómo nos levantamos. Si es que nos levantamos. Mil veces juramos no rendirnos. ¿O fueron mil y una? No sé. Pocas fueron, amigo. Confieso que pierdo la memoria cuando bebo. Quizás por eso ese día no fui al tanatorio a las 10, porque preferí beber en tu memoria hasta perder yo la mía. Porque no quiero recordar. Pero sobre todo, porque no quiero pensar, como pensé cuando colgué el teléfono después de escuchar tu nombre pronunciado por esa otra voz que me emplazaba para despedirte, amigo, que ya quedamos pocos de aquel grupo de locos ilusos que una vez creímos que nos comeríamos el mundo sin despeinarnos, y que por necesidad el próximo en partir será uno de nosotros tres.
Y sabes, amigo, que a mi se me da muy mal dar noticias.