miércoles, 22 de octubre de 2014

El figurante.


A veces la nostalgia dejaba de ser ese territorio conocido, ese sofá cómodo con la huella de su trasero, y se convertía en una senda espinosa y oscura que debía recorrer a tientas con el temor continuo de tropezar a cada paso. 
Eran momentos en los que sabía que si quería sobrevivir a ese estado de  tristeza inexplicable, sí, pero que lo sumía en una profunda postración anímica de la que, ni podía, ni sabía, y mientras más pasara el tiempo, menos quería salir, la única medicina válida era huir. ¿Pero de quién y a dónde? ¿Dónde encontrar ese aire no viciado por recuerdos ni plagado de imágenes de un pasado que tal vez no fuera mejor pero que, ante la realidad tan hiriente de un presente odioso y odiado, se le antojaba el recuerdo dulce de la feliz Arcadia?
Siempre quiso ser el protagonista de eso que los demás llamaban la vida, su vida, pero nunca logró pasar de ser un espectador de la de los demás. Un mero comparsa de relleno en una obra de teatro en la que se sentía el figurante que permanecía sentado casi en sombras, detrás de la última mesa, mientras en el centro del escenario, bajo la potente luz de los focos y centrando todas las miradas, Don Juan Tenorio y Don Luis Mejías se retaban por el amor de Doña Inés.
Tanto tiempo sentado, tanto tiempo siendo espectador de la vida ajena, que se olvidó de vivir la suya propia.
Y ahora ya no sabía cómo hacerlo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Personajes de mi barrio.


Todos lo conocemos como Manolito el de las luces. Si pasas por mi barrio lo puedes ver sentado en un banquito de piedra junto a la iglesia, con su camisa de cuadros abotonada hasta el cuello, da igual que sea verano o invierno, y con la cabeza cubierta por su gorra roja de visera.
Manolito tiene una edad indefinible. Tal vez le ayude esa cara de niño grande sin malicia que siempre ha tenido. Al menos yo lo recuerdo siempre así. O tal vez sea que simplemente es feliz. Aunque a nosotros, a los que nos hacemos llamar normales, nos cueste entender que esa felicidad radique en comer cada día, vestir limpio, llevar esa gorra roja de visera, y estar un montón de horas cada mañana sentado en ese banco avisando a los coches que pasan de que se han olvidado apagar las luces al salir del túnel que está en la entrada de mi barrio, camino hacia Arucas. Para él es como un deber sagrado. Una especie de sacerdocio al que se dedica con todas sus fuerzas y que le arranca una sonrisa de satisfacción del deber cumplido cada vez que un vehículo apaga las luces y toca el claxon para darle las gracias.
Nosotros, los del barrio, dejamos muchas veces las luces encendidas a intención sólo para que Manolito pueda avisarnos y así hacerlo feliz durante ese breve espacio de tiempo que se tarda en pasar delante de él.
Hoy he estado un buen rato mirándolo. Realmente es feliz. Y me pregunto si la felicidad estriba en eso: en encontrar algo que te llene y hacerlo con esa ilusión a diario. No me he podido resistir, he ido a casa, he cogido el coche y he dado una vuelta para poder pasar delante de él con las luces encendidas. Me avisó, las apagué, él fue feliz y yo me volví a mi casa un poco menos apenado.

martes, 14 de octubre de 2014

Recuerdos otoñales.


Hacía frío. De eso me acuerdo perfectamente.
De eso, y de cómo las luces en la calle parecían brillar más que nunca entre las gotas de aquella lluvia fina y tenaz que no había parado en toda la tarde.
Y del olor de las castañas asadas. De eso también me acuerdo como si lo estuviera oliendo en este mismo instante.
Aquellas castañas, pequeñas y calentitas, que nos comíamos bajo aquella luvia, paseando entre la gente y riéndonos al ver cómo se nos quedaban las manos tiznadas de carbón al pelarlas.
De lo que ya no me acuerdo es del sabor de tus besos. O del escalofrío que me producían tus manos recorriendo mi espalda bajo aquél abrigo de paño azul. De eso te juro que ya no me acuerdo.
Sin embargo, en los días como hoy, lluviosos y fríos, con las calles llenas de gente, paseando entre el aroma a castañas asadas, sigo buscándote, como al despiste, en los ojos de quien se va cruzando conmigo y detrás de cada esquina que doblo, como si fueras a salir de sopetón, con tus ojos brillantes entre la lluvia, con esa risa más cálida que las propias castañas asadas, cuyo olor me persigue y se me queda en la piel casi como un tatuaje odorífico.
Esas que nunca más he vuelto a probar.