viernes, 28 de noviembre de 2014

Estatua de sal.


Hubiera querido poder sentir algo. No sé bien el qué, algo, me da igual.
Amor, miedo, dolor, ira, esperanza o desesperación...
Lo que sea, pero algo que me permita continuar sintiendo que sigo vivo, que aunque herido en mil batallas, aún sigo en esta guerra.
Pero por mucho que lo intento lo único que encuentro en mi interior es un vacío absoluto.
Un vacío lleno de silencios.
O tal vez sea ese insoportable aullido que nunca para y que cada vez que miro en mi corazón retumba en mi cabeza. Un aullido tan fuerte, tan alto, tan continuo, que no deja hueco a otra cosa que no sea el silencio y la nada.
Y duele estar tan muerto y vacío. 
Y más aún si me da por mirar hacia atrás.
¿Me estaré convirtiendo yo también en una estatua de sal?
Ahora comprendo de verdad a Lot y su dilema: siempre mirar adelante, siempre andar adelante, siempre adelante...
Aunque adelante no haya nada.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Y la memoria se hizo carne...


             Hoy te volví a ver. Fue por casualidad, pero eras tú. Estoy seguro de ello. No en vano llevo treinta y cinco años con tus ojos y tu sonrisa clavados en mi alma. Hoy no sonreías, pero esos ojos tuyos los hubiera reconocido en medio de cualquier multitud. Y hoy no nos rodeaba ninguna multitud, si acaso media docena de personas que, entre adormiladas y aburridas, despachaban su desayuno en aquella terraza. Eras tú. Estoy seguro. Y eso que hace veinte años que nos vimos por última vez. Aquel día yo luchaba contra el dolor que me producía que tú, mi primer gran amor, mi primera pasión, me usaras como confidente y no como amante. Sufría, sí, ¿no lo notabas? Era imposible no verlo. Era un milagro no darse cuenta de que, mientras tú me contabas tus cuitas de amor con él, yo palidecía y las manos me temblaban. Me temblaban tanto que tenía que esconderlas en los bolsillos del pantalón. ¿De verdad no lo viste?
             Veinte años pensándote, recreándote, de alguna manera hasta idealizándote, haciendo cualquier cosa que mantuviera vivo en mí tu recuerdo. Claro que te confieso que no fue un gran esfuerzo. Veinte años. Dice el tango que veinte años no es nada, pero, ¿sabes?, es mentira. El tiempo te ha tratado mejor a ti a que a mi. Desde luego que ya no eres esa chica joven y alocada que yo conocí, pero te has convertido en una mujer con porte elegante y aún conservas esa sensualidad que siempre ha tenido cada gesto tuyo. Lo pude comprobar hoy al verte comer tu bocadillito de jamón a la catalana, y hasta el gesto de remover el azúcar de tu café, así, pausadamente, casi con desdén, desbordaba sensualidad. Sí, eras tú. 
             Me lo pensé mientras te observaba de lejos pero al final no pude contener el impulso y me senté en la misma terraza en la que tú estabas. Nos separaban cuatro metros, nada más. Cuatro metros y veinte años. Me miraste pero no me reconociste. O tal vez simplemente es que ya no me recuerdas. ¿A santo de qué lo ibas a hacer? El enamorado era yo, no tú.  En un momento dado nuestras miradas se quedaron enganchadas. Lo cierto es que creí que me ibas a saludar en ese momento, pero sólo pusiste un gesto de fastidio y seguiste comiendo. Tus ojos seguían azules y hermosos, pero ya no parecían de cielo sino de hielo. Pagué y me fui sin terminar mi café. Los mitos no deben hacerse carne nunca, así siempre podrán mantenerse vivos en nuestros recuerdos. Te miré cuando me iba, mientras la escalera mecánica me acercaba a la puerta. Fue entonces cuando me di cuenta de que, tal vez, a pesar de todo, finalmente, aquella no fueras tú.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La cocina de Tonita.


Hoy mi barrio tiene más aire de pueblo que nunca, con sus calles estrechas desiertas a media mañana, con el ladrillo solitario y triste de algún perro perdido que busca en vano quien le alivie esa soledad, y con el cacareo de algún gallo despistado que, ante la poca luz  y el mucho frío que nos han dejado estos días de tormenta, no sabe bien si es hora de cantar o de dormir.
Ni siquiera escucho el trajín de los calderos y el canturreo de coplas que me suele acompañar desde la ventana de la cocina de mi vecina de enfrente cuando, a solas en mi despacho, leo, escribo, o simplemente permanezco en silencio y relajado con los ojos cerrados. A veces, cierro el libro que tengo delante o dejo la pluma y la libreta donde escribo lo que se me va ocurriendo y me quedo absorto mirando los lomos de los libros que cubren las paredes del cuarto mientras empiezo a salivar con el aroma que sale de su cocina, un aroma a guiso rico. El olor de la auténtica comida casera, de la de antes, de la que ella, abuela y bisabuela, prepara con tanta alegría y amor, que es imposible que no huela a gloria bendita. 
No puede haber mejor poesía ni mejor manera de demostrar amor que cocinar así, cantando, disfrutando con el proceso y con la idea de ver felices a los nuestros al saborear lo que hacemos con nuestras manos.
Pero hoy no. 
Hoy, a pesar del frío y la lluvia he abierto mi ventana de par en par para oler y escuchar los ruidos y aromas de su cocina, pero  permaneció en silencio y con la luz apagada.
Tal vez ella, como el perro perdido que sigue ladrando lastimeramente, como el gallo despistado que sigue cantando tímidamente de vez en cuando mientras decide si callar del todo o arrancarse definitivamente, o como yo mismo, náufrago en mi propio mar de melancolía, estemos desorientados en este extraño otoño y estemos buceando en simas interiores donde normalmente solo nos atrevemos a mojar los pies.
O simplemente ocurra que ante la belleza oscura de esta mañana fría y lluviosa, ni a ella le apetezca cocinar ni a mi escribir, tan solo disfrutar de este momento.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡Benditas estadísticas!


Me acabo de enterar de que, según las últimas estadísticas, me voy a gastar 209 euros en regalos navideños este año. ¡Oiga, y no saben la alegría que me he llevado! Eso sí, no sé de dónde diablos los voy a sacar, esos, y los otros 445 euros "extra" que según las mismas estadísticas me voy a pulir de más en comida en estas fiestas. ¡Y todo con mi exigua pensión! ¡Ole, ole, y ole!
Claro que me preocupo por nada, porque leyendo las estadísticas sobre pensiones, yo cobro una pensión media de 1.011,9 euros cada mes, con dos paguitas extra. Y ya me empiezo a mosquear. Porque por ahí debe haber algún desgraciado que se está embolsando la enorme diferencia de lo que realmente cobro y lo que esas fantásticas estadísticas dicen que debería cobrar. 
Se lo estaba comentando a mi hija, a la entera, no al 0.3 de hija que según las estadísticas tengo, ya que al parecer tengo 1.3 hijas, y me decía que me preocupaba por nada, que ya lo había dicho el escritor Andrew Lang: un pronosticador poco sofisticado utiliza las estadísticas como un borracho las farolas, para apoyarse y no para iluminarse.
Y si lo dice mi hija, debe ser verdad.