miércoles, 31 de diciembre de 2014

Mentiras piadosas, mentiras sociales, y verdades incómodas.


Antón Chéjov ponía en boca de un personaje de su cuento La Desgracia, el siguiente pensamiento: 
"Su falta de sinceridad es natural y está en el orden de las cosas. Si las personas se pusieran de acuerdo y se volvieran de pronto sinceras, todo se iría al diablo, porque sólo son sinceros los salvajes y los animales. La civilización ha dejado a la sinceridad fuera de lugar."
Lo cierto es que valoramos la sinceridad como la condición principal y básica para la confianza, pero en realidad ni queremos ni soportamos que los demás sean sinceros con nosotros. Aunque eso jamás lo reconoceremos, no ya en público, sino incluso ante nosotros mismos, en la intimidad del diálogo con la propia alma.
Hoy acaba 2014 y entra, con un aire revoltoso, casi de revolución pendiente, el 2015. Un año marcado en rojo por las citas electorales pendientes y que, presumiblemente, cambiará el color político dominante, y que desgobierna y mal gestiona España. No sé quién dijo que, en una guerra, la primera víctima es la verdad. Pero a mi juicio, acertó. Las campañas electorales, y éste será un año dominado por ellas, son el perfecto ejemplo de que eso es así.
Nos mentirán. Todos lo harán en mayor o menor medida.
Lo triste es que no sólo lo sabemos sino que lo esperamos y hasta lo justificamos como algo normal, como parte del juego electoral. De hecho, no es la primera vez que, en estos últimos meses, he escuchado la frase aplicada a la campaña de PODEMOS y a su ascenso de vértigo en el panorama político español: "Ellos también nos mentirán. Pero al menos, que me engañen otros, no los mismos de siempre." 
Triste país que, no sólo espera que sus representantes políticos mientan, sino que hasta justifica, puede que más ante sí mismo que ante los demás, el acto de votar a alguien que crees que te va a mentir.
Parece como si el hartazgo de las mentiras conocidas justificara el elegir otras mentiras en vez de la verdad, por incómoda y fea que ésta pueda ser.
Y yo no lo entiendo.
Porque si asumimos que la política es campo abonado para
que la mentira social florezca, es que no hemos entendido lo que debiera ser la Política. (Y he usado mayúsculas y minúsculas con toda la intención.)  Es como si una persona maltratada me dijera que está harta de la somanta de palos que le propina su maltratador habitual y decidiera cambiarlo, pero no por alguien que la cuide o la trate con la dignidad debida, sino por otro maltratador diferente.
España es un país maltratado por su clase política. Por esa casta, como la llaman desde PODEMOS. Claro, esto es una generalización, y como tal, perversa en sí misma. Yo conozco políticos honestos en todos los partidos políticos. En PODEMOS también. Lo que diferencia a esta opción sobre otras es que, de momento, y como el valor al soldado, a ellos la honestidad de ideas y la correlación entre éstas y su acción política, se les presume.
España necesita ilusión. Pero también realidades. Y la única realidad que tiene ahora es que los partidos políticos actuales, los que han tocado poder, no son lo que creíamos. Son un estado dentro del Estado. Y si bien les chirría, lo cierto es que ellos sí que se han comportado como una casta. Más como una secta que como un grupo de personas a las que debería unir un ideario político y social, y una vocación de servicio al ciudadano. 
Y ante el presumible cambio de aires que se acerca, su única reacción es mentir. Y no piadosamente.
Feliz año de cambios, feliz 2015.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Despedidas.


Recientemente la muerte ha venido de visita, a buscar a uno de los míos.
No fue una visita inesperada. De hecho la suya nunca debería ser una visita inesperada porque de todas las pseudo certezas que los humanos decimos tener, esa es la única que siempre se cumple: todo lo vivo, muere. Y aunque su visita no fue inesperada, tampoco fue bienvenida. ¡Pocas veces lo es! El temor a lo que desconocemos, ese miedo atávico que anida escondido en la parte reptiliana de nuestro cerebro, hace que su paso por nuestra vida, como punto final de la misma, siga reflejando más el temor que la aceptación de una nueva fase, esta vez la última, de nuestra existencia. 
Hoy escribo esto pensando en alguien que ya no está, que se acaba de ir para siempre. Alguien que conocí, que quise (aunque fuera brevemente y en un tiempo ya lejano), alguien con quien compartí confidencias, mesa, mantel y, en muchas ocasiones, penurias. Y me doy cuenta de que, en el fondo, escribo eso por mi. Tal vez porque sé que nadie lo hará en el momento en el que sea yo quien haya partido.
¿Qué siento en realidad ante la muerte? ¿Qué razón inteligente hay para mantener todo el rito que la acompaña, más dedicado a los vivos, los que aquí quedamos, que a los difuntos, los que ya no están?
Porque ellos ya no están. No al menos de la forma  en la que estamos nosotros. 
La muerte es la gran niveladora, me decía un amigo ayer.
Ella es quien mejor imparte la definitiva justicia social porque le da igual tu edad, tu estatus, tu color de piel, tu religión o tu sexo. Le da igual si fuiste una buena persona o un redomado canalla. No le importa si amaste, si te amaron o si tuviste una vida triste, fría y gris. Ella viene, y con su sola presencia hace que nada por lo que hayas luchado, vivido o trabajado tenga ninguna importancia en ese momento. Hablo de la muerte, del acto en sí, no de los ritos que la adornan o de las ínfulas de grandeza con la que los vivos tendemos a decorar su presencia para quitarle ese sentimiento de final irreparable que la acompaña.
Dicen también que no morimos del todo mientras alguien nos mantenga vivos en su recuerdo. Entonces sin duda yo seré el muerto más muerto que pueda existir. Lo que si sé es que ella, la muerte, también vendrá a por mi. Y ambos nos iremos de la mano, tranquilos, riéndonos de mi última ocurrencia.
Espero que al menos ese día me salga un buen chiste. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El equilibrio.


Tal vez sea una funesta consecuencia de los telefilmes y las películas de Hollywood, pero desde que en 1.966 se promulgó en los EE.UU, la conocida como Ley Miranda, se ha convertido en habitual oír en los interrogatorios aquello de "Tiene usted derecho a...". 
Y asumimos que eso siempre fue así.
Curiosa ley la Ley Miranda. Y curiosa la sociedad norteamericana, capaz de modificar su ordenamiento legal si alguien, en este caso, Ernesto Miranda, un ex convicto, reincidente, y acusado de rapto y violación, considera -y además demuestra- que sus derechos fundamentales, en concreto los recogidos en la 5ª y 6ª enmienda de su constitución, fueron vulnerados. En 1.966 se dicta esa Ley por el Tribunal Supremo y al reconocer que sus derechos no fueron respetados, Ernesto Miranda sale libre...para morir apuñalado en un bar por alguien que consideraba que sí que era culpable y que había que hacer justicia de una u otra manera.
Lo irónico de todo esto es que su asesino sí se benefició de la nueva doctrina implantada por la Ley que llevaba  el nombre de su víctima.
El caso es que la frase yo tengo mis derechos; o la de yo conozco mis derechos, es ya un clásico que no sólo ha traspasado fronteras sino ámbitos y que se ha extendido a toda la sociedad. Sin duda, vivimos en una sociedad de derechos. Todos tenemos derechos y todos exigimos nuestros derechos. Pero hay algo que echo en falta.
Todos tenemos derechos, sí, y los enarbolamos como banderas de guerra, pero no oigo a nadie hablar de sus deberes. ¿Es que ya no hay obligaciones en esta sociedad?
No creo que nadie piense así. Es más, estoy seguro de que la gente cree que sí que existen obligaciones, pero mientras los derechos son mis derechos, las obligaciones siempre son tus obligaciones.
Y así, sin equilibrio, no hay sociedad que pueda avanzar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Santa Claus llega a la ciudad.



"You better watch out
you better not cray.
Better no poud
I´m telling yoy why.
Santa Claus is coming to town..."


                 Camino sorteando a la gente que anda nerviosa de tienda en tienda, cruzando las calles con impaciencia sin esperar a que los semáforos se pongan en verde o a que el tráfico se detenga. Zombies que van cada vez con más bolsas en sus manos y menos ilusión en sus miradas, comprobando a cada momento lo que aún les queda que comprar de una lista que parece no parar de crecer como por arte de magia en la misma proporción en la que disminuye el saldo de la cuenta del banco o el de la tarjeta de crédito. Y mientras, Mariah Carey no para de cantar en mi cabeza una y otra vez Santa Claus is Coming to Town
               Cuando veo mi reflejo en un escaparate iluminado con cien guirnaldas de colores que parpadean sincopadamente me doy cuenta de cómo desentono en medio de este río de gente que se mueve  como si realmente tuvieran una misión importante que cumplir. Como si gastar a manos llenas un dinero que probablemente no tienen, para comprar cosas que probablemente no necesiten pero que, al parecer, hay que poseer si no se quiere perder comba y pasar de ser alguien cool a ser alguien con el que nadie cuente para nada. La ruina económica es preferible al ostracismo social para algunos. Las tiendas vomitan gente artificiosa y calor artificial.  Los árboles de Navidad son de mentira. La nieve que decora los escaparates son bolitas de corcho blanco. Hasta la sonrisa con que los dependientes te atienden es una especie de mueca tatuada en un rostro por demás sin expresión. Sólo los niños lo miran todo con ojos abiertos y sin cuestionarse para nada lo que a mi me tiene tan desasosegado. Para ellos la Navidad es aún ese tiempo casi mágico donde todo puede ocurrir de verdad. Y les importa un carajo si los árboles de Navidad son de mentirijillas, si las luces son de led o no, si la nieve es o no real o si los dependientes de las tiendas les sonríen o sólo les muestran una mueca casi sardónica en la cara. Para ellos, Santa Claus llega a la ciudad y eso hay que disfrutarlo. 

"He's making a list
And cheking it twice
Gonna find out Who's naughty and nice
Santa Claus is coming to town.

jueves, 11 de diciembre de 2014

A la luz de la tarde.


El frío, el ruido, la luz de la tarde, amortiguada por la calima, y esa afición que me puede y me convierte en un voyeur de las vidas ajenas, quizá como el mejor exorcismo de los demonios de mi propia vida, me llevaron a sentarme a solas en uno de los bancos vacíos de la alameda. Simplemente quería estar un rato sin pensar. Sólo inspirar y expirar, dejar que el reloj fuera marcando las horas, lento o rápido, me daba igual, de la misma manera que las maderas de ese banco marcaban mi cuerpo. 
En medio de las cuquis de medio pelo que iban a tomar el té a esa hora, tomar café es taaaan vulgar, querida,  pasó frente a mi una mujer con la mirada y la juventud perdidas. No sé si ambas se perdieron en el mismo sitio, no sé si las dos por la misma causa, y no sé si una se extravió buscando a la otra. Pero lo cierto es que ninguna  de las dos la acompañaban ya en su paseo errático por la misma alameda donde yo, mirón ocasional, observo su decadencia. No puedo evitar preguntarme si esa mirada, vacía de expresión, es la que se ve también en mis ojos cuando otros ojos los miran desde la distancia y el aséptico desconocimiento de un extraño en la calle.
Esa idea hace que un nudo me atenace el estómago y de pronto dejo de sentir las tablas del banco marcando mi carne, el frío de la tarde mordiendo mi piel, el aturdimiento del ruido de la gente, e incluso la misma gente parece desaparecer de mi alrededor. De repente, parece que sólo quedamos esa mujer, de juventud perdida, mirada extraviada y andar errático y yo. Y entre los dos, esa duda que no paraba de crecer en mi interior, pesada y obsesiva hasta el extremo, tanto que no pude sino cerrar los ojos y esperar a que el miedo se  fuera diluyendo con esas lágrimas que empezaban a caer, lentas y tibias por mi cara.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Corazón de piedra.


A veces dicen de mi que tengo el corazón de piedra.
Eso estaría bien.
Al menos aún tendría corazón.
Pero lo cierto es que donde este debiera estar hay un hueco gélido y desolado como un paisaje estepario. Un vacío donde hace tiempo que no tiene cabida ninguna emoción.
Dicen que cuando ves la muerte de frente, o cuando te enfrentas a tu peor temor cara a cara, enloqueces o envileces. Algunos dicen que ven "la luz". Yo, simplemente, dejé de sentir.
Por eso leo, y leo, y leo, casi hasta la extenuación. Porque en los libros, en la literatura, en ese mundo de ficción hecho realidad en mi mente, los personajes me prestan sus corazones, sus sentimientos y emociones, y es como estar vivo otra vez.
A veces, cuando dicen que tengo el corazón de piedra, me molesto un poco.
Nunca me han gustado los halagos gratuitos.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Huyendo.



Si cada llamada de teléfono es para ti como el aviso de una nueva catástrofe.
Si cada carta en tu buzón es un casi el aviso seguro de una mala noticia.
Si cada toque en la puerta es una visita que desearías evitar. 
Si lo único que de verdad deseas es que el tiempo pase tan deprisa que ya sea la hora de dormir, porque sólo en la cama te sientes seguro y protegido, amigo, es hora de que te pares un poco y pienses si de verdad merece la pena seguir con esta historia que han montado para ti.
Porque desde ya te digo que la felicidad no es esto.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

The End


-Ya no te quiero,  le dijo ella, mirándole fijamente a los ojos.
Él no contestó.
Si apenas podía respirar, ¿qué diablos iba a contestarle?
Sin poder apartar los ojos de ella, la vio irse y alejarse con el paso tranquilo y erguida.
-Pero yo sí que te quiero, atinó a decir al fin, con la voz quebrada.
Sólo que ya no había nadie allí para escucharle.

Caminando.


Y sigo en el camino aunque no quiera andar más.
Obligado a comprender a todos, condenado a no ser comprendido por nadie. Cargando una mochila que he llevado durante tanto tiempo, que ya es tan mía que sin ella no soy yo. 
Una mochila cada vez más vacía de sueños.
Una mochila cada vez más llena de esa tristeza que da la certeza del error irreparable, del fallo irremediable, que te acompañará durante toda tu vida como el sambenito de los condenados por blasfemia.
Y sigo andando aunque ya no pueda andar más.
Solo, conocedor de mí mismo.
¡Si al menos me pudiera mentir a mí...!
Camino y camino, traicionado por mis sueños, golpeado por una realidad que se yergue insultante ante mi cada vez que, ebrio de rabia, me miro al espejo.
Y sigo caminando...

lunes, 1 de diciembre de 2014

Sobre dioses y hombre


Yo nací y crecí dentro de una familia católica, de esas fundamentalistas, de las de misa y comunión diaria, de las que rezan al acostarse y al levantarse, antes y después de comer. Mi madre incluso rezaba mientras hacía la comida. No sé, tal vez por eso le salía divina...
Pero todo lo que se consume en exceso, harta. En mi caso lo que me alejó de la religión practicante y militante, de la católica y de todas, no sólo fue el empacho de misas, rosarios, rezos y jaculatorias, sino que además fue una pérfida y pecaminosa costumbre: la de leer. Leía de todo, y en ese todo entró también filosofía e historia. En ambas disciplinas pude conocer otras religiones. Puede que fuera entonces cuando comprendí que yo había nacido católico, apostólico y romano por una mera casualidad, por un simple azar cósmico, y no por designio divino.
Al comparar religiones, las actuales y las del pasado, las de aquí y las de allí, me di cuenta de que todas tienen una raíz común: el miedo que siente el ser humano a lo desconocido y la necesidad de creer que algo o alguien, más grande, más fuerte, más sabio, mejor en suma, cuida de nosotros y nos protege, o por el contrario, nos endereza si nos desviamos de la senda
Comprobé que dios, (o los dioses, según de qué religión hablemos), era más poderoso y temible en la proporción inversa al conocimiento que tuviera el hombre del universo que le rodeaba. De tal manera que si Nietzsche afirma en "Así habló Zaratustra" que Dios ha muerto, en cierta manera su asesino ha sido la ciencia, que le ha brindado al hombre la capacidad de comprender sin la necesidad de creer.