miércoles, 23 de diciembre de 2015

Cuento de navidad.


                Como cada 24 de diciembre se levantó muy temprano para contestar todos los mensajes que le mandaban con felicitaciones navideñas. Cada año tenía más amigos en las redes sociales pero menos felicitaciones en su buzón de mensajes y no pudo evitar sentir una cierta añoranza por los años en los que no había facebook, email, wassup y demás medios de contacto y su buzón de correos, sin embargo, rebosaba de sobres con coloridas postales que alguien se había molestado en comprar, escribir, franquear y enviar, y que luego acababan adornando los bajos del árbol de navidad. Desde su escritorio miró de reojo hacia su árbol de este año. Lucía grandioso. Perfectamente adornado, iluminado por cientos de pequeñas bombillas multicolores que bailaban alocadas, estaba huérfano de sentimientos. Era un adorno más. Suntuoso, sí, pero carente de otra función que la de tratar de llenar sin conseguirlo ese vacío que llevaba en su corazón y que, cada año, se agrandaba más y más. Este año no se sentaría delante de él a cantar villancicos en nochebuena. Ponerse a cantar a solas le pareció aumentar innecesariamente su melancolía. La navidad no es la mejor época para los solitarios, pensó al mismo tiempo que respondía mecánicamente el último mensaje, tan lleno de tópicos como vacío de calor.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El desgraciado.

            

        La suerte se gasta. Como se gastan las suelas de los zapatos, el saldo de las tarjetas de crédito, o los bajos de los pantalones vaqueros. Solo que entonces yo no lo sabía. Entonces creía que la suerte siempre iba a jugar en mi bando y que si la tenías era inagotable. Me equivoqué. Pero para cuando me di cuenta de eso ya era demasiado tarde y todo a mi alrededor había entrado en una especie de caos inabarcable e imposible de manejar que me arrastró a una tristeza de la que nadie pudo nunca escapar. No, yo tampoco.
        La suerte, esa puta desagradecida, me abandonó y todavía no sé ni por qué ni por quién. Solo sé que, sin saber exactamente cómo ni en qué momento preciso ocurrió, una mañana me levanté y supe que ya nada sería igual para mi, que a partir de ese momento tendría que lidiar con la vida sin su ayuda y sin su protección. Y los días, hasta entonces brillantes, empezaron a ser tristes, fríos y grises. Nunca me he sentido más solo que sin ella. De repente, dejé de ser ese tipo simpático, agradable y divertido que solía ser para convertirme en esto que soy ahora, en esta sombra tristona y apática que se arrastra más que camina y que se para en cada esquina para mirar si fue allí donde la perdió, que emplea la mayor parte del tiempo en intentar recordar dónde y qué momento se gastó su buena suerte, que mira con envidia a quien aún tiene saldo con su fortuna mientras murmura envidioso por lo bajito "tú también te quedarás sin ella" cuando ve pasar a su lado a la gente que aún es feliz.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Entonces.


               Cuando era feliz, cuando no me preocupaban las encuestas preelectorales ni los pactos postelectorales, cuando de la tele solo veía comedias tontorronas y, a lo mejor, alguna película de indios y vaqueros. Entonces el lunes solo era un lunes, el jueves solo un jueves y los domingos eran los días perfectos que nunca más fueron, días para aburrirse en familia mientras comíamos roscas o puede que algún pastel recién horneado, así, calentito y esponjoso, que luego se inflaba en el estómago como penitencia a tanta gula. Por entonces. era feliz, un beso solo era un beso y a nosotros siempre nos quedaría París. Recuerdo que cuando dormía era para poder soñar contigo, aunque hoy ya no recuerde ni tu cara.

martes, 20 de octubre de 2015

Pancho y la lluvia.


                       Los días de lluvia ponían triste al niño de la tienda de telas. Sus hermanas se reían de él. Para ellas era de lo más romántico mirar la lluvia caer tras la ventana del salón mientras suspiraban por un amor inexistente. Pero él no podía dejar de pensar que ahí fuera, seguramente mojándose y con frío, estaría su amigo Pancho, el viejo borrachito que se sentaba en los bancos del parque a ver pasar la vida entre trago y trago y a compartir su comida con las palomas. Seguramente las palomas y él eran los únicos seres vivos que se sentían cómodos con Pancho. El resto pasaba a su lado evitando hasta mirarlo, como si solo con posar su vista en él los fuera a contaminar con alguna enfermedad rara o, lo que al parecer era peor, con la pobreza. Para el niño, Pancho no era un pobre o un borracho. Era un tipo gracioso al que las palomas y algún gato, en vez de huir, se acercaban a hacerle compañía y él, a cambio, los alimentaba o jugaba con ellos. Por  eso no entendió el escándalo que se montó cuando dijo que él, de mayor, no quería trabajar en una tienda de telas sino ser como Pancho, libre y feliz. El niño de la tienda de telas no sabía aún que hay que tener cuidado con lo que se desea.

sábado, 17 de octubre de 2015

Veinticinco metros.



                         En la tienda de telas las horas pasan lentas durante las tardes de verano. El niño piensa a veces que es toda la vida la que transcurre a cámara lenta esas tardes. Los clientes suspiran al entrar en ella cuando notan el fresquito que da el enorme ventilador que cuelga del techo. Fuera, el calor lo derrite todo. Hasta el asfalto parece hecho de chicle de regaliz. Pero dentro de la tienda se está bien. La tienda es para el niño una especie de teatro, fresco y a la sombra, donde disfrutar de una obra genuina que solo se acaba cuando, en vez del telón, el hombre de la tienda de telas deja caer la persiana cada noche. La tienda está al lado de la playa y, a veces, se atreve a asomarse a pesar del calor. En las interminables tardes de verano, a la hora de la siesta, la calle está en silencio y solo muy de vez en cuando pasa, despistado, un coche lanzando destellos con su pintura brillante. El niño los mira embobado, hipnotizado por la fuerza de esos colores vivos, más vivos aún cuando el sol los acaricia: los rojos fuego, los azules cielo, el brillo señorial de los cromados junto al negro azabache, los granates o el azul marino, tan serio y formal, que en esas tardes de verano, cálidas y silenciosas, lucía menos serio y formal. Nadie camina por las calles en las tardes de verano a la hora de la siesta y desde la playa llega un olor a bronceador de coco y el sonido apagado de las risas de niños jugando.  Veinticinco metros separan la tienda de la playa pero bien pudieran ser veinticinco kilómetros. La playa es para los demás, para los que no tienen que estar como el niño, en la tienda. Él los mira pasar con envidia en los ojos. Ellos, sin embargo, ni se fijan en él al pasar. Los niños, sin que nadie se lo diga, saben que en ocasiones veinticinco metros es la distancia insalvable que separa dos universos.

jueves, 15 de octubre de 2015

Trasteros.


                            Hacía tiempo que no entraba en el trastero. No tenía razones para hacerlo, claro. Además, ¿no eran los trasteros esa especie de panteón donde se pudren todos aquellos trastos inútiles que nos resistimos a tirar? Pues eso. Qué iba a hacer él allí. Y ordenar un trastero era casi como poner al día los papeles de un muerto: un acto estéril, inútil, casi obsceno. Y total para qué. Si al poco iba a estar de nuevo inmerso en ese caos de manera inevitable. No, a los trasteros solo se debe entrar para enterrar algo en ellos o cuando la nostalgia apriete su nudo sobre nuestro cuello hasta casi asfixiarnos. Y hoy se sentía ahogado. Ahogado por los recuerdos. O tal vez por la necesidad de no olvidarlos. Para eso estaban los trasteros, ¿no? Para bucear de vez en cuando en ese mar negro y frío de los recuerdos, para entrar a saco en ellos como quien acude a una despensa bien surtida en plena hambruna. 
                           Y hoy estaba hambriento. es lo que tiene el paso del tiempo, que de vez en cuando te da un apetito voraz por recordar, por volver a ser, aunque sea de manera efímera, quien fuiste, por volver a sentir, aunque solo sea el regusto, aquellos amores que te ayudaron a andar por la vida justo diez minutos antes de que te dejaran clavado al suelo, mientras en tu cabeza suena, de nuevo, esa vieja melodía de los noventa donde un grupo que decían llamarse Guardianes del Amor cantaran aquello de "cuatro palabras: ya no te amo", y te das cuenta de repente del tiempo que hace que alguien te dijo esas mismas palabras al cerrar la puerta tras de sí.

domingo, 11 de octubre de 2015

Furtivos.


                     Buscaban portales abiertos y esquinas ocultas para besarse apasionadamente a salvo de miradas curiosas. Se citaban en cafeterías lujosas o en baretos de medio pelo para contarse sus deseos, confesarse sus temores y compartir sueños. No les importaba el lugar, solo la conversación. Se emocionaban cada vez que compartían deseos o se confesaban temores sin más límites que los que imponía la verdad y el tiempo, siempre escaso, que tenían para ello. Llevaban quince años juntos, pero les gustaba verse así, como dos novios furtivos. Ella aseguraba que de esa manera le podía confesar cosas que jamás le contaría si solo lo viera como su pareja, y él se enamoraba cada vez más de esa mujer amable, cálida y vulnerable, que parecía no tener nada que ver con la que, media hora más tarde, vería en su propia casa.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Fruta averiada.


                     Le daba igual que todos se rieran de él cada vez que decía que quería ser futbolista. No entendía por qué lo miraban de esa manera tas displicente cuando lo veían vestido de corto y con un balón colgando de su red en el hombro. Tampoco entendió el comentario del entrenador cuando le dijo que su lugar en el equipo era el de utillero, no el de delantero. Cuando Dany se miraba al espejo no veía diferencia entre él mismo y los otros niños de su edad que se vestían cada domingo con la equipación del club. Eran los que han perdido la ilusión que brilla en la mirada de los niños los únicos capaces de verlo solo como un gordito con muletas y decir de él que era como la fruta averiada, que o la apartas de las sanas o las estropea.

martes, 6 de octubre de 2015

El intruso.


                         Se colaba en todas las celebraciones que podía. Incluso lo hacía en algunos duelos cuando no tenía ninguna boda o bautizo cercanos. Nadie se extrañaba de su presencia, eran muchos años de experiencia y sabía camuflarse entre los amigos o los dolidos. Nunca comía, bebía o lloraba más de la cuenta y sabía perfectamente cuándo llegar o marcharse para no despertar suspicacias. Llevaba preparadas media docena de excusas creíbles por si se diera el caso de ser descubierto, pero jamás reconocería que la única razón por la que lo hacía era porque solo en esos momentos se hacía la ilusión de tener familia y amigos y se olvidaba por un par de horas de que, en realidad, jamás tuvo a nadie por quien preocuparse o con quien celebrar nada. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Amores adolescentes.


Todos le decían que si estaba loco, que qué tontería era esa de enamorarse, que no tenía edad para esas cosas. Nadie entendía que sintiera una emoción tan profunda cuando hablaban, que sintiera vértigo cuando la tenía cerca o que se sintiera morir desgarrado por dentro cuando se despedían. Nadie comprendía ese amor adolescente. Todos aseguraban que aquello era un capricho pueril y que, a los sesenta y tantos no se enamoraba uno como si apenas tuviera quince años. Pero él sabía que aquello que sentía era un amor tan profundo que llegaba a ser obsesivo. Siempre fue un hombre sensato, equilibrado, un hombre cabal, así que hizo lo que se esperaba de él y renunció a ser amado. Pero jamás pudo renunciar a amarla.

jueves, 1 de octubre de 2015

Bruto.


                           Tal vez sea el otoño, que no acaba de entrar, amor, o tal vez sea que ya nada me ata a una vida en la que no encuentro más aliciente que sentarme a la sombra y ver como pasan, lentamente, las horas del día, pero hoy me pesa hasta el aire que respiro. Con los ojos cerrados repaso las cicatrices con las que llego hasta aquí. Algunas son solo recuerdos en mi cuerpo de malos pasos, de viejas heridas. Otras, las del alma, sin embargo, siguen supurando debajo de esa coraza con la que no sé bien si trato de protegerme  del mundo o trato de protegerlo a él de mi. Bruto se acerca en silencio hasta donde estoy sentado. Me mira con esos ojos tan expresivos, tan humanos a pesar de ser un perro, y se echa a mi lado con un suspiro. Ambos nos miramos de reojo, ambos nos reconocemos como perros viejos y tranquilos, ansiosos de caricias y resignados a sobrevivir con las migajas de amor que se caen de la mesa. Sin duda él es más inteligente que yo. No creo que se preocupe tanto por lo que ayer hizo o dejó de hacer. Solo se sienta junto a quien sabe que, a veces por inercia, acabará acariciando su enorme cabezota marrón. Hoy me has dicho adiós sin pronunciar esa palabra que tanto evitamos. Tal vez tú misma aún no lo sepas, pero cada día que pase a partir de ahora nos iremos alejando casi sin darnos cuenta y como este otoño que no acaba de llegar, una mañana, al asomarme a la ventana, en vez del sol que hoy todavía calienta mis cicatrices, la lluvia y el frío vendrán a ocupar este espacio donde dejo pasar la vida con la esperanza de que algo nuevo suceda y lo cambie todo. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

El turbulento futuro.


                            En el hilo musical Simon & Garfunkel cantaban su Puente sobre aguas turbulentas y en el bar, a esa hora, media noche pasada, apenas quedábamos cinco o seis parroquianos y Anselmo,  que detrás de la barra pasaba un paño de dudosa higiene a unos platos para secarlos. A 1.980 le quedaban apenas unos días y nosotros tres teníamos aún toda la vida por delante y muchas copas compartidas hasta llegar aquí. Éramos tan ingenuos que pensábamos que el futuro sería como lo estábamos planeando delante de aquellos cubatas mientras pedíamos plato tras plato de calamares, carne en salsa y pata asada. Tú, amigo, estabas convencido de que nada se nos podría resistir mientras siguiéramos todos juntos. Puede que por eso, cuando el sida te llevó, abandonado por todos los que alguna vez afirmamos quererte, se llevó contigo nuestra inocencia y ese futuro espléndido que, entre copa y copa, asegurabas que nos pertenecía por derecho propio.
                        Hoy me encontré la foto que nos hicimos aquella noche. Estamos los cuatro: nosotros tres y Anselmo. El bar, decorado para la Navidad con espumillón plateado y unas bolas de color rojo y dorado, era nuestro lugar de reunión favorito. Anselmo tiene cara de cansado en la foto, nosotros tres, de locos. Tú, amigo, lucías ese peinado infame con el pelo encrespado a lo afro que llevabas entonces, poco antes de perderlo por la quimio. Luis y yo solo teníamos cara de borrachos, con la mirada perdida y una sonrisa estúpida en la cara. Yo sigo teniendo la mirada perdida. La sonrisa, sin embargo, es un lujo que desde hace años no me permito muy a menudo. No hace falta que te diga que los sueños de aquella noche en la que planeamos nuestra vida futura jamás se cumplieron. Tú te fuiste muy pronto, Anselmo cerró el bar, arruinado en una de tantas crisis como vinieron, Luis, simplemente desapareció sin decir nada a nadie y yo... Yo realmente nunca importé mucho a nadie. Tan solo me sentía valioso como parte de aquel grupo que creí que sería eterno. De esa noche solo queda esta foto y mi memoria, que ya flaquea. Pero estoy seguro de que hoy, en otro bar, otros jóvenes que se creen inmortales e invencibles, planean también su futuro. Espero que, al menos, la música de fondo sea tan buena como la que tuvimos nosotros aquella noche de final de 1980.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La estación.


                     Cuando se bajó del tren aún no había amanecido y en la estación no había un gran movimiento. Aquella era una ciudad pequeña, apenas poco más que un pueblo grande. El nombre era lo de menos. Hacía tiempo que solo recordaba caras, no nombres. Se dirigió al bar de la estación. Tenía hambre y sabía por experiencia que en la de los pueblos grandes, o en la de las ciudades pequeñas, como esta, solían tener buen café y hacer un desayuno decente. La parte mala era que el camarero siempre se sentía en la obligación de dar conversación al cliente. 
               Le gustaba ese sitio. Olía a limpio. A Pueblo, a cosechas y a risas. ¿Se pueden oler las risas? Manolo, tú estás muy mal, se dijo. Pronto amanecería y empezaría todo el revuelo de un sitio como este. Odiaba el ruido que hacía la gente, por eso viajaba siempre de noche. De noche, en los trenes, la gente no se esforzaba por hablar sino por dormir y él podía disfrutar del silencio solo roto por los ruidos de la máquina y de un paisaje que se recortaba negro en las ventanillas. A veces podía hasta dormir. Hacía años que no dormía una noche entera y solo lograba descansar algo mejor cuando viajaba en tren. Pagó el desayuno antes de que el camarero siguiera haciéndole más preguntas que no tenía ni ganas ni intención de responder y salió en busca de una pensión donde alojarse un par de días. Nunca estaba más de tres días en el mismo sitio, nunca preguntaba el nombre del pueblo y jamás hacía turismo por él. Solo buscaba un aire nuevo, una mirada fresca, nuevas gentes con las que tropezarse en los mercados y que le ayudaran a reencontarse consigo mismo y recuperar algo de inspiración para poder escribir. A veces lo conseguía y lograba escribir tres o cuatro páginas de un tirón. Otras, en cambio, apenas podía escribir una frase. Era como si la mente se le encasquillara en una imagen y no pudiera salir de ella. Algunas, pocas, era incapaz de escribir una sola palabra. Cómo podría escribir nada, cómo podría pensar en nada cuando la tristeza que sentía era tan grande que solo podía notar como moría un poco más por dentro. Pero este pueblo le gustaba, seguro que aquí podría escribir tranquilo. Lo podía oler  en su aire. ¡Qué cosas piensas, Manolo, tú y los olores! Recogió su maleta y salió de la estación cuando el sol ya brillaba en el cielo y la gente se movía como autómatas por una linea de montaje.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El niño de la tienda de telas.


                      El niño tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en sus brazos sobre el repintado mostrador de la tienda. En el techo, las aspas del ventilador removían un aire cargado de un polvo acre que se agarraba a la garganta y se incrustaba en las manos como si de una segunda piel se tratara. El zumbido de los fluorescentes se mezclaba con el chasquido de las tijeras al rasgar la tela. Era como una música hipnótica que se repetía una, otra y otra vez solo con la pausa precisa para cambiar un rollo de tela por otro. Los cortes se iban amontonando a un lado del mostrador, las piezas de tela en el otro y en medio, un señor canoso armado con unas enormes tijeras que cortaba metódicamente y en silencio. Hacía frío en la calle. La gente se veía pasar abrigada detrás de los cristales del escaparate, con el paso apurado, como si temieran que al llegar más tarde a sus casas ya no quedara nada que cenar en ellas. El niño entreabría los ojos de vez en cuando para mirar cómo pasaban. Mujeres rollizas cubiertas con pañoletas, chales o rebecas, que andaban apresuradas de aquí para allá, con el rostro rojo. El niño se preguntaba si era por el sofoco de sus prisas o por el frío que habría en la calle. Dentro, en la tienda, se estaba bien. No había frío y los ruidos llegaban amortiguados entre tantas piezas de tela. Fuera, sin embargo, empezaba a llover y la gente apresuraba más aún el paso. Corrían tratando de taparse la cabeza con cualquier cosa. Al niño siempre le llamaba eso la atención. Podían estar empapados de hombros para abajo, pero la gente huía de mojarse la cabeza como si de la mismísima muerte se tratara. El señor que cortaba las telas había terminado su trabajo y envolvía cuidadosamente los cortes en un papel marrón: muselinas, sedas chinas de mil estampados, panas resistentes, tergales de varios colores, popelinas delicadas. Era, sin duda, un pedido importante, pero ahora ya empezaba a apagar las luces de la tienda. Sin el zumbido de los fluorescentes y el chasquido de la enorme tijera nada era igual. De repente, el niño empezó a sentir frío él también y, sin saber por qué, le invadió el temor de que si llegaban tarde a casa serían ellos los que se quedarían sin cenar.
                -¡Papá, vamos ya! Es tarde.
            El señor dio la mano al niño y ambos salieron de la tienda. Seguía lloviendo y empezaron a correr tratando de proteger, ellos también, la cabeza del agua fría. En la tienda se quedaban las telas, las tijeras, el ventilador de techo y las resmas de papel marrón. El polvo acre y picante sin embargo se iba con ellos, agarrado a sus gargantas, pegados a su piel de manera casi indeleble. El niño pensó que tal vez la lluvia lograría borrarlo y se quitó las manos de la cabeza pero el señor tiró de él y lo metió en una guagua. El niño empezó a temer que jamás podría desembarazarse de ese polvo, por muy limpias que llegara a tener sus manos. Ese polvo, acre, picante, que se agarraba a la garganta, le iba a acompañar toda su vida hiciera lo que hiciera, y esa idea le aterrorizaba más que la idea de quedarse sin cenar.

martes, 22 de septiembre de 2015

El especialista culinario.


                              No podía evitar cierto brillo de orgullo en los ojos cada vez que dirigía su mirada a los anaqueles del salón, repletos con cientos de libros de cocina y coctelería. Estaba seguro de que poca gente disponía de una colección tan extensa y especializada, que muy pocos conocían como él el secreto de las mejores y más elaboradas recetas, de los platos más selectos y exquisitos, de los cócteles más sublimes y vistosos. Era, sin duda, un gran especialista en la materia, pensaba mientras terminaba de abrir la lata de sardillinas al limón de su cena para meterla en un pan y se servía un gran vaso de agua. Mañana pasaría por la librería porque le habían dicho que el chef del Waldorf había sacado un nuevo libro sobre cien maneras diferentes de elaborar la carne del buey de kobe. Eso no se lo podía perder, se dijo suspirando mientras limpiaba las migas del pan de la mesita del salón donde veía la tele y comía cualquier cosa rápida y barata cada día, sin más compañía que esos libros y la televisión sintonizada muy bajito en el canal cocina. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

El Jaguar.


                  Llevaba veinte años trabajando para el mismo concesionario de coches de lujo. Conocía perfectamente cada característica del modelo estrella de cada temporada, cada remache, cada pespunte de su tapicería de cuero. Tenía memorizado el olor que desprendía, el tono exacto de la pintura de la carrocería y hasta el nombre del árbol de cuya madera se había fabricado el tablero del coche. Veinte años en los que llevaba glosando a diario las maravillas de la marca a cada cliente que se acercaba a probarlo, despertando en él un deseo aún mayor del que le había traído allí, un deseo tan grande que hacía que acabaran necesitando comprarlo, sin poder confesarle a nadie que cuando él mismo quiso comprarse uno al heredar de su tía Anabél, sus jefes le dijeron que no se lo venderían a ningún precio. No podían permitirse perder a su mejor vendedor y no podían permitir que sus clientes vieran que ese coche tan exclusivo que venían a comprar y por el que iban a pagar una pequeña fortuna era el mismo que conducía el empleado que se lo vendía. Cuestión de prestigio.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Flor de jara.


                                Dentro de cada carta de amor que escribe pone una flor de jara. Sus amantes no comprenden su significado pero todas se quedan prendadas de la flor y de ese aroma sutil que perfuma la carta. Dicen que nunca han conocido a nadie tan detallista, tan romántico como él. Ninguna se para a pensar que lo extraordinario de la flor de la jara estriba precisamente en que su esplendor dura solo un día y que, a la mañana siguiente, es otra la que la sustituye dejando el árbol igual de vistoso, igual de lleno de las mismas flores blancas y olorosas. Ninguna entendió jamás que, para él, esa flor, solo significa la brevedad de su amor. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Fin de verano.



                        El verano se moría y hablamos de que este invierno nos compraríamos unos chubasqueros porque a ninguno de los dos nos gustaron nunca los paraguas, de que habría que revisar el sellado de la casa para que no hubiera, como cada año, esas irritantes goteras, de que si los neumáticos del coche aguantarían -o no- otro invierno sin cambiarse. Hablamos de mil cosas, de lo que siempre denominamos como de intendencia diaria, pero nunca me dijiste lo frías que iban a ser las noches sin ti o de cómo me iba a acompañar esa gotera insidiosa que jamás arreglé y que, bendita ella, al menos rompía el silencio mortal que ahora reina en casa, con la tele siempre encendida para no notar que tú ya no estás aquí. Porque hablamos de que el verano se moría pero jamás hablamos de que también se moría nuestro amor.

martes, 15 de septiembre de 2015

El polvo.


                      Odiaba el polvo. Especialmente limpiarlo. Era una tarea que no soportaba. Le parecía el trabajo más estéril del mundo: levantar a diario cada una de las figuras que decoraban el mueble del salón para comprobar que a su alrededor había un cerco de polvo, limpiarlo y ver que al día siguiente ese maldito cerco de polvo estaba otra vez allí, burlándose de ella. ¿Ese polvo era siempre el mismo o tal vez cada día surgía de la nada un polvo nuevo? Y si era nuevo, ¿de dónde salía si la casa permanecía prácticamente cerrada? Daba igual que cambiara de sitio las figuras o que usara este o aquel producto que se anunciaba como mágico o milagroso para la limpieza del polvo: este siempre volvía a aparecer, contumaz, invencible, eterno. Cuando el psiquiatra le preguntó el por qué de su tristeza y de su angustia acabó convencido de que estaba loca del todo, sobre todo cuando le contestó que el responsable era el polvo y su certeza de que, cuando ella muriera, él, por fin, ganaría esta guerra que llevaban librando los últimos cuarenta años. La simple idea de que el polvo, ese polvo que nadie sabía cómo o de dónde venía pero que cada día aparecía en su salón la sobreviviera, la torturaba. Casi tanto como aquella otra en la que ella una vez muerta, polvo al final, sería la que torturaría a otra persona en su casa apareciendo cada mañana hiciera esta lo que hiciera para evitarlo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Treinta y siete grietas.


                                 Su nueva vida empezaba en una habitación más bien pequeña, amueblada con un colchón en el suelo, ocho libros en torre a un lado de lo que sería su cabecera y que le servía lo mismo de mesa de noche que de punto de referencia para ubicar el resto de sus cosas. Una cuerda colgada de dos clavos en una pared que unas veces hacía de perchero para sus dos camisas y su pantalón y otras simplemente hacía de tendedero para su ropa interior y los calcetines, negros, siempre negros, que lavaba a diario. No se puede fumar en la habitación, por los incendios que provocan los cigarrillos en las camas, ¿sabe usted?. Fue lo primero que le advirtió la casera al enseñarle aquel cuartito vacío y mal iluminado. Él no fumaba. Si de verdad quería evitar alguna actividad peligrosa debería haberle prohibido pensar. Porque en eso era en lo que ocupaba la mayor parte del tiempo que pasaba allí, en intentar no pensar, en tratar de dejar la mente en blanco, en fijarse en las grietas que tenía la pintura del techo. Treinta y siete. Exactamente treinta y siete grietas de diferentes formas y tamaños tenía el techo. No quería pensar en qué le había traído allí. No podía permitirse el lujo de pensar en lo que había sido su vida hasta el día en que había llegado allí, la semana anterior, el día de su cuarenta y siete cumpleaños. Necesitaba borrar todo eso, su pasado, sus recuerdos, su historia, su vida entera, tanto como ese techo necesitaba una mano de pintura que cubriera sus treinta y siete grietas y alguna mancha indefinible que lo oscurecía en las esquinas.
                              En su cuartito solo se escuchaba algún suspiro que no podía reprimir, el aleteo de alguna cucaracha que aún no había podido descubrir y, desde lejos, amortiguados como por una buena borrachera, los ruidos del resto de la casa. Los cacharros de la cocina, los platos en la mesa chocando con los vasos, algunas puertas abriéndose y cerrándose, el agua corriendo por la cañería del baño, quejándose de tanto ajetreo, de tanto ir y venir de inquilinos, de tanto tirar de la cisterna, de tantas manos diferentes que se lavaban en su pileta de dudosa higiene a esta hora de la noche. El baño siempre olía fuerte. Por la mañana olía fuerte a lejía. A medio día olía fuerte a zotal. A estas horas olía fuerte a uso, a pis que no cayó dentro de la vasija, a poco uso de la escobilla, a mucha humanidad y poco aseo. Todavía recordaba las arcadas que sintió cuando fue a usarlo el primer día de su estancia en la casa. Volvía tarde de su paseo nocturno y se dirigió al baño para ducharse y aliviarse antes de irse a su cuarto. El olor hizo que casi renunciara al alquiler. Luego se dio cuenta de que, fuera donde fuera, habría poca diferencia con lo que esa noche le rodeaba y, además, estaba muy cansado para hacer nada. Aunque fuera para coger sus ocho libros, su camisa y su ropa interior de repuesto, su par de zapatos nuevos y marcharse de nuevo a algún sitio. Por eso se encerró en su cuartito y dejó que la noche, los ruidos, la cuerda colgada en la pared, esa cucaracha invisible y las treinta y siete grietas del techo se convirtieran en todo su universo a partir de ese día. Y una enorme pantalla blanca en la que quería que se convirtiera su mente.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El novelista.


             Llevaba años intentando ser un escritor de novela negra de éxito y prestigio, de esos que la gente reconoce. Quería escribir tramas truculentas que ocurrieran en Londres, Roma, Paris o Nueva York y que mantuvieran el corazón del lector en vilo. Pero no había manera. Solo le salían historias cotidianas que sucedían en Firgas, Tacoronte, Frontera, Tazacorte.  Hasta sus malos tenían un punto de ternura y sus buenos eran un tanto canallescos.  ¡Cómo iba a triunfar si su detective en vez de un cocktail de moda bebía cañas, comía tapas de tortilla, gambas al ajillo en cualquier bareto y se echaba una siesta como Dios manda! Desde luego, así jamás sería un Lew Archer. A lo sumo, un Manuel González "Plinio", jefe de la guardia municipal de Tomelloso.

viernes, 4 de septiembre de 2015

La ronda.


                    Como cada noche después de cenar, Don Malaquías cerró la puerta de su despacho detrás de sí. Todos en la casa sabían que, salvo que llamara el Caudillo o en caso de incendio, y en este último caso, solo si el fuego se descontrolaba más de la cuenta, nadie debía molestarle en las dos próximas horas. Y a nadie que conociera a Don Malaquías, laureado coronel de infantería retirado, hombre de una sola palabra y de un solo gesto, el severo, se le ocurriría en su sano juicio llevarle la contraria. Por muchos años que llevara a su servicio. Todos se preguntaban qué hacía allí el coronel. Había suposiciones y opiniones de todo tipo entre el personal de servicio de la casa y hasta algunos cruzaban apuestas sobre si se dedicaba a escribir sus memorias, una historia documentada sobre la guerra o la biografía del Generalísimo, amigo personal y mentor del coronel. A ninguno se le podría pasar por la cabeza que se encerraba allí para poder escuchar el programa de canciones dedicadas donde novios y novias se declaraban su amor con coplas de la Piquer o canciones de Manolo Escobar.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El narrador.


               
               La gente del pueblo se acercaba a la Sociedad para escuchar las historias que contaba mientras jugaba al dominó y a la zanga. Sin duda era mejor narrador que jugador. Al principio solo tenía de público a los compañeros de partida. Luego se fueron sumando los que jugaban en las mesas de al lado y los que iban a echarse las copas, el puro y la siesta reclinados en los sillones orejeros, como Dios manda. O como mandaba la tradición, que eso él no lo tuvo nunca muy claro. Poco a poco fue viniendo más y más gente para desazón suya y regocijo del cantinero que tenía la concesión de la Sociedad. Aquella nunca se vio con tanta afluencia desde los tiempos de Don Mateo Sigüenza, alcalde que fue en tiempos de la República y que cada viernes hacía allí los plenos municipales donde debatía los asuntos del pueblo en los que todos podían intervenir. Él, sin embargo, narraba historias que todos intuían eran ficticias, pero lo hacía con un arte tal que nadie osaba interrumpirle o afearle la mentira. Era, sin duda, un mago de la palabra. Dominaba ese arte de tal manera que, justo cuando echaba el doble seis o el blanco uno para cerrar la partida o dominar el juego lo hacía en el momento adecuado para dejar el final de la historia para otro día. Todos creían que era para mantener la intriga viva y reían mientras brindaban por su arte y pericia. Nadie imaginaba que le aterrorizaba acabar una historia y ya no tener nada más que decir.

jueves, 27 de agosto de 2015

La ventana.


                         Llevaba años madrugando para poder asomarse a la ventana de su apartamento. Tal vez ambas cosas fueran una osadía: llamar apartamento a aquel cuchitril y llamar ventana a aquel agujero mal cuadrado, escasamente de un metro, que estaba al fondo. Pero si algo había aprendido de la vida es que solemos ver  las cosas como las llamamos. No le importaba sacrificar una hora de sueño para poder disfrutar en soledad y en silencio del aire limpio del amanecer. Era su momento. Allí, medio encajonado en su ventana, veía las luces de las otras casas encenderse y apagarse, olía el rocío que refrescaba las calles, oía a algún niño llorar y, de vez en cuando miraba hacia el trocito de cielo que podía verse entre tanto edificio sucio, tanto cableado y tanta antena. Se sentía como un espectador privilegiado en un palco casi único, allí, en su ventana. Podía ver como ese cielo iba cambiando de color pasando de un negro humo a un rojo desvaído hasta que, poco a poco, el celeste de la mañana ganaba la partida. Hoy también va a hacer mucho calor, pensó suspirando mientras cerraba su ventana para dejar de oír de una dichosa vez a ese niño que no paraba de llorar. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

El cliente.


                Sabía que ese tipo me iba a causar problemas prácticamente desde el primer momento en el que lo vi. No es que hiciera nada extraño ni que se comportara de manera diferente a la de los otros clientes habituales, pero créanme, veinte años de barman hacen que desarrolles un olfato especial para adivinar estas cosas. Tal vez fuera su ropa  o quizá la hora en la que venía, cercana al cierre, o ese casi infalible whisky de malta, sin hielo por favor. O tal vez fuera la manera obsesiva en la que miraba el vaso, girándolo lentamente mientras bebía en silencio sentado en la esquina más alejada de la barra. Sí, definitivamente aquel tipo iba a ser problemático.
                 De vez en cuando alzaba la mirada y con un simple gesto me pedía que le sirviera otro. Luego, nada más. Volvía a su ritual. A beber en silencio y a darle vueltas lentamente a su vaso. Me recordaba a un personaje de Murakami y yo odio a Murakami. Tal vez por eso tampoco me gustaba ese tipo. Cuando el encargado empezaba a apagar las primeras luces del fondo del local, se levantaba y casi en el mismo silencio pedía la cuenta, pagaba, dejaba su propina y sin mediar más palabras de las necesarias se marchaba dejando tras de si una estela sutil mezcla de soledad y un perfume que aún no he llegado a identificar. Decididamente este tipo me va a dar más de un problema. ¿Quién acude solo a un bar de lujo a beber, pide un whisky caro, se sienta en una esquina de la barra noche tras noche y no le cuenta su vida al barman? ¿Entonces para qué estoy yo aquí, solo para servirle copas? No, este es un tipo problemático, seguro. Me lo dice mi instinto.

martes, 25 de agosto de 2015

Septiembre.


                              Cada mes de septiembre recorría las pocas librerías que iban quedando en su ciudad y compraba un juego completo de libros de sexto de primaria, libretas de rayas y de cuadros, lápices de colores, lápices  HB, un afilador, tres gomas Milán blancas, seis bolis azules, un estuche, una regla y una mochila. Luego, en su casa, los olía con los ojos cerrados. Era la única manera que tenía de volver a aquellos años en los que, septiembre, no era solamente el noveno mes del calendario sino el mes de la ilusión por estrenar material y ropa, aunque esta fuera el aburrido uniforme. En su cuarto secreto, abajo, en el sótano, se apilaban los libros de los últimos quince años. A veces le remordía la conciencia. Sobre todo cuando pensaba que, tal vez hubiera debido donarlos a alguna familia que no pudiera pagar el material escolar. Pero solo pensarlo hacía que se le abrieran las carnes. Era como si, con esos libros, lápices, libretas y gomas les diera también un trocito de su alma y de sus recuerdos, cada vez más difuminados y lejanos.

domingo, 23 de agosto de 2015

The show must go on.


                 Odiaba a su público. Los odiaba visceralmente, los despreciaba. Eran una pandilla de borrachos incultos que se reían por contagio sin entender realmente el trasfondo de su humor. Venían a su espectáculo, bebían, se reían, bebían, aplaudían, y seguían bebiendo porque, vaya usted a saber por qué, él era ahora el humorista de moda y era casi imprescindible twittear su última gracia aunque no la entendieran o, mejor aún, hacerse un selfie con el escenario como fondo. Eran como las hojas secas que el viento arrastraba y que iban o venían de aquí para allá sin voluntad propia. Ellos eran igual. Seguían o no a este o a aquél artista según los gurús de las tendencias lo encumbraran o lo sumieran en el olvido. Por eso sentía hacia ellos ese profundo desprecio y ese asco que le revolvía las tripas cada vez que se subía al escenario y veía sus caras de hipócritas babeando medio borrachos y aplaudiendo sin que hubiera dicho ni una sola gracia.. Bueno, ya era hora de empezar el show de esa noche.
               -¡Buenas noches amigas y amigos! Gracias por estar aquí. Son ustedes el mejor público que nadie pueda desear. Los adoro. En realidad me recuerdan a mi suegra cuando nos tropezamos a media noche yendo al baño a orinar y me dice con su voz metálica: no dejes el suelo lleno de gotitas, a ver si apuntas bien, que ya tienes edad. ¡Adorable mujer! 

jueves, 20 de agosto de 2015

Lazos.


                   La primera vez que alguien le cedió el asiento en un banco y le llamó abuelo se sintió profundamente indignado y ofendido. ¡Pero qué se creía esa niñata! ¡Cómo demonios se atrevía! La ira, la misma que le impulsaba a decirle mil cosas y ninguna de ellas era un elogio, le impidió reaccionar dejándole mudo. ¿Abuelo él? Pero en qué estaba pensando aquella mocosa. Hoy, sentado en un banco parecido en Triana, rodeado de lo que para él sí que eran ancianos, se siente de repente un anciano más entre ellos. No entiende cómo la vida se le ha podido escapar de entre las manos. Ayer por la tarde era un profesional cualificado y esta mañana es un vejete más sentado entre otros vejetes en un banco de la calle, hurgando entre sus recuerdos y buscando en los que pasan delante de él una cara conocida, un gesto familiar, algo o a alguien que le haga sentir que sus lazos con la vida no están rotos del todo. A veces, para estar muerto, no hace falta que el corazón deje de latir.

lunes, 17 de agosto de 2015

Al final todo se sabe.


                 Hacía tiempo que no descansaba así, tan plácidamente, sin que ninguna preocupación se reflejara en mi rostro. ¡Joder, si se me veía feliz! Casi con una sonrisa reflejada en mi cara, ajeno a todo el barullo que había de fondo. Si llego a saber que morirse es esto, no me hubiera pegado tantos años luchando por vivir, apegándome a una vida absurda en la que, en el fondo, nunca obtuve nada más que promesas vacías de realidades y que siempre estuvo llena de noches en las que el miedo a esto mismo, a morirme, me mantuvo en vilo, angustiado, despierto, atento a si mi corazón latía más fuerte que de costumbre o más rápido de lo debido, obsesionado con el pulso o la tensión arterial. Qué estúpido fui. Y mírame ahora: relajado, descansado, feliz, dormido, sin ninguna preocupación, sin ninguna angustia que me torture... Siempre fui un poco estúpido, pero nunca me di tanta cuenta de ello como hasta hace una hora, cuando el médico dijo las palabras que tanto temí oír pero que, sin embargo, fueron las que acabaron liberándome de mis ataduras y de mis miedos: confirmo exitus a las 22:45 de hoy.

viernes, 14 de agosto de 2015

Trabajos manuales.


                              De pequeño una veces quería ser carpintero, otras, albañil o fontanero. Sentía una fascinación por esos hombres de manos encallecidas, rudos que siempre estaban de buen humor y que sacaban de sus cajas un montón de herramientas que yo no había visto nunca. Eran como magos que en vez de capa llevaran un mono azul añil algo manchado y en vez de varita empuñaran un mazo, una llave inglesa o un formón bien afilado y que, del caos, lograran sacar algo bueno. Yo me fijaba en cómo los miraban las chicas del servicio y me daban envidia. Quería que, algún día, alguna chica, me mirara a mi igual. Aunque, la verdad, no supiera ni por qué ni para qué. Con ocho años los deseos sexuales son solo deseos. Luego, una educación clasista se empeñó en sembrar en mi mente la idea de que el mundo se dividía entre "ellos" y "nosotros", entre los que llevaban mono azul añil para trabajar y las manos encallecidas y sucias, y los que vestíamos trajes de calidad con corbatas de seda y nos perfumábamos con sutileza. También nos mintieron en cómo nos mirarían las chicas. Con el tiempo descubrí que lo que ellos decían que sería amor y deseo, la mayoría de las veces no pasó de ser un ejercicio mental de cálculo comercial.
                       Hoy me he apuntado a unas clases de carpintería. Van más acorde con mi carácter que las de fontanería o las de peón albañil. Puede que sea el más tonto de la clase para todos pero yo sé algo que ellos no saben: lo que voy a ligar con mi mono azul añil.

jueves, 13 de agosto de 2015

Wanted...


                 De vez en cuando cogía un par de mudas de ropa, dos o tres libros, unas cuantas libretas de esas de esas de tapa dura y negra, de las que se cierran con una goma ancha, algo de dinero, lo metía todo en una mochila, cogía el primer tren que saliera de la estación y desaparecía sin decir nada a nadie durante una par de meses al menos. El lugar de destino no era lo que le importaba. De hecho, nunca preguntaba hacia dónde partía. Sabía que, al fin y al cabo, ese solo sería el primero de otros muchos que iría cogiendo en las próximas semanas. Lo primordial para él era el viaje en sí y la gente que iría conociendo durante el mismo. En realidad solo estaba seguro de dos cosas en la vida. Una era que las historias más interesantes no se encontraban en los libros sino en la vida de la gente normal y que para poder disfrutarlas tenía que ser testigo de lo que ocurría en ellas. La otra era que, en el fondo, solo fallaba lo que se planificaba con precisión. Al menos a él. La vida, la suya, era una sucesión de planes rotos que habían hecho de él quien era hoy. Por eso, cuando se sentía demasiado institucionalizado, demasiado idiotizado, desaparecía por un tiempo para buscarse a sí mismo en una vida carente de otros planes ni programas que no fueran vivir.

viernes, 7 de agosto de 2015

A un paso de ningún sitio.


                 Sabía que en algún momento tenía que dar el paso, que más pronto que tarde tendría que ir un poco más allá, que quedarse mirando cómo transcurría la vida de los demás no sería ya suficiente, que tendría que ser él quien pasara a ser el protagonista de una historia, de su historia. Lo sabía. Pero cada día seguía quedándose sentado en la sala de embarque, viendo como unos llegaban y otros partían, imaginándose sus vidas, recreando en su mente sus éxitos, sus fracasos, sus amores y desamores, las tristezas que les habían llevado a tomar la decisión de partir o las alegrías que encontrarían en el nuevo destino. Cada noche volvía a su casa con la maleta rebosando de vidas ajenas y con el corazón vacío de su propia vida convencido de que, en algún momento, tendría que dar el paso, que tal vez mañana debería ser él el que se subiera a ese avión y encontrar, en algún lugar, la pista de esa vida que perdió hace tiempo y que seguía buscando en las vidas de los demás.

martes, 23 de junio de 2015

Fuegos de artificio.


                Desde pequeño sentía una fascinación especial por los fuegos artificiales y por las multitudes. No entendía cómo había gente que se agobiaba en medio de estas o se asustaba con aquellos. Para él era el instante perfecto, estar rodeado de cientos, tal vez miles, de desconocidos y sentir cómo retumbaban en su pecho los estampidos de los voladores, como los llamaba su padre. Claro que los fuegos de artificio de esta noche y los voladores de su infancia poco tenían en común salvo que, hoy como ayer, lograban que por un momento dejara de preocuparse por si su corazón latía o no a la velocidad y con el ritmo adecuados porque la patata, como le decía su hija pequeña, se ponía a latir acompasando su ritmo con el de los voladores. Jamás le confesó a nadie que, cuando estos acababan, en medio de la negrura súbita de la noche, más oscura y silenciosa aún si cabe después de tanto ruido y color brillante, se quedaba un rato con la mano en el pecho y los ojos cerrados esperando a comprobar si, después del espectáculo, su corazón era capaz de seguir latiendo por si mismo.

lunes, 22 de junio de 2015

El mañana también llega.


          Siempre dejaba para mañana cualquier cosa que hubiera que hacer hoy. O mejor, para pasado mañana. Le gustaba leer las noticias en periódicos atrasados y, salvo la sección de esquelas y los chistes, jamás leía un periódico del día. Opinaba que lo actual estaba demasiado sobrevalorado y que si se quería tener perspectiva había que leer las noticias cuando estas dejaban de serlo. El presente era muy vulgar y ruidoso para su gusto y solo leía libros que se hubieran escrito hacía 25 años, solo veía series que llevaran varias temporadas retiradas y solo disfrutaba con las películas que hacía tiempo dejaron de ser objeto de deseo y pasaron a ser objeto de culto. Por eso, cuando la muerte le pilló en medio de un café, sentado en un bar, se le quedó esa cara de asombro que reflejan las fotos del forense. Tal vez porque pensaba que la muerte también llegaría tres días tarde a su cita con él.

domingo, 21 de junio de 2015

La viuda.


                     Todos miraba de reojo a la viuda. Los hombres, en su mayoría, con deseo mal disimulado, y las mujeres con envidia mal contenida. Hasta el sacerdote, de natural más comedido, tenía un cierto brillo extraño en los ojos cada vez que la miraba. Pero ella parecía no enterarse de nada. Permanecía allí, callada, con los ojos enrojecidos pero secos, manteniendo la cabeza gacha la mayor parte del tiempo y alzándola solo para responder a los saludos y al pésame que le daba alguien de vez en cuando. El pueblo entero pensaba que estaba destrozada, y lo estaba. Pero no por el dolor de la pérdida de su marido sino porque, al rebuscar entre sus papeles en busca de sus últimas voluntades, encontró una caja bien cerrada llena de apasionadas cartas de amor y ninguna había sido escrita por ella. Se preguntaba cuál de todas la mujeres que le daban el pésame era quien había sentido ese amor tan pasional por él. Era incapaz de aceptar que, en el fondo, hacía tiempo que ellos habían dejado de ser amantes para ser buenos amigos que compartían gastos y vida. Y ahora él estaba muerto. No pudo evitar sonreír con disimulo. Prefería ser viuda y no divorciada. Al menos, ese cabrón tuvo la decencia de morirse antes, pensaba mientras respondía maquinalmente a los saludos de pésame que, ordenadamente, le iba dando todo el pueblo.

Oportunidades.


                  Siempre que veía alguna serie de televisión donde se hablaba de segundas oportunidades se le llenaban los ojos de lágrimas. Se preguntaba dónde había estado la de él, qué hizo, si es que la tuvo, para no enterarse de que esa, precisamente esa, había sido su segunda oportunidad. Él, como la vida, creía en las segundas oportunidades, pero se preguntaba a diario si la vida creería en las terceras oportunidades y si él la merecería. 

viernes, 19 de junio de 2015

La florista.


            Cuando encontraron muerta a la florista del cementerio sentada delante de su puesto, nadie supo explicar cómo había ocurrido. Anabel era parte del paisaje en ese cementerio. Era como los cipreses de la entrada, como la cruz de hierro pintada de verde que lo presidía o como la veleta en forma de ángel que coronaba su torre. Llevaba allí desde siempre. De hecho, vivía en la caravana que le servía de puesto de venta, delante de la que, cada mañana, ponía los enormes cubos de goma negra llenos de flores y las dos coronas que tenía siempre preparadas para su venta. Si no hubiera sido porque una de las coronas estaba mustia, y ella jamás lo hubiera permitido, nadie se hubiera percatado de que estaba muerta. 
              Anabel no tenía familia. Al menos, nadie le recordaba ninguna. Cuando llegó al pueblo aparcó donde mismo tenía esta mañana la caravana que sustituyó al furgón, que  a su vez sustituyó a esa vieja furgoneta en la que llegó al pueblo la víspera del día de difuntos de hace cincuenta años y de la que sacó apenas dos baldes con unos ramos de crisantemos. Su medio de transporte había evolucionado al mismo nivel en que lo hacía su negocio. Y hoy estaba muerta justo en ese mismo sitio, sentada en su vieja silla de playa, cubierta con el mismo sombrero que llevaba desde hacía años. La noticia corrió por el pueblo como la pólvora. Todos se extrañaban de su muerte. Tal vez porque la consideraban ya una parte  de sus vidas. 
               Su duelo fue el más multitudinario del pueblo en muchos años. Todos querían comprobar que, de verdad, era ella la del féretro. Todos querían, de alguna manera, presentar sus respetos a quien puso tanto mimo en hacer los ramos mortuorios de los duelos de los últimos cincuenta años. La mañana de su entierro llegó al pueblo una chica joven manejando un viejo ciclomotor. Nadie la conocía, pero abrió la caravana de Anabel con sus propias llaves y en seguida se puso a confeccionar la corona más grande y hermosa que nunca se había visto en un entierro en toda la comarca. Ni siquiera la de Don Julián, el mayor terrateniente de la zona. Ni tampoco la que adornaba el ataúd de Don Pedro, el alcalde durante tantos años. Nadie le preguntó nada. En el fondo, tampoco lo hicieron cuando llegó Anabel, medio siglo atrás, para ser una parte más del paisaje del pueblo.

jueves, 18 de junio de 2015

Amores de cine.


                     Nunca se había casado porque le encantaba el cine. Lo había intentado varias veces, pero siempre tropezaba con la misma piedra: él, cuando llegaba a casa, quería cenar en silencio, saborear un buen vino y ver una película con la devoción de un acólito en misa, y ellas querían hablar y hablar, con esa cháchara insoportable que parecía que nunca se terminaba. Aquello estaba destinado al fracaso. Por eso había renunciado al amor y a la compañía de una pareja. ¿Quién necesitaba a una mujer de carne y hueso que no paraba de contar los chismes de sus amigas, si disponía de toda una galaxia de mujeres de celuloide, con historias excitantes, a las que amar en silencio? 

miércoles, 17 de junio de 2015

El malo de la película.


                Desde pequeño se identificaba más con el malo de la película que con el héroe que cabalgaba solitario a la luz de la luna y se llevaba la dama al final. Nunca supo explicar la razón que le impulsaba a admirar al villano en vez de, como todos sus amigos de entonces, desear ser el bueno de la historia. Mientras ellos deseaban ser el detective duro y guapo de las pelis de Hollywood, él defendía la figura del ganster que acababa acribillado a tiros justo antes del final del cuento. Insistía en que el héroe brillaba más cuanto peor fuera el villano. Por eso estaba seguro de que nadie se sorprendería si cualquier mañana aparecía cosido a tiros en la calle disfrazado de Joker, su villano favorito. Mientras, sigue practicando las muecas siniestras que trata de perfeccionar desde que descubrió que, ser el malo, no era tan malo.

martes, 16 de junio de 2015

Elogio a la mentira.





                 Sergio era el embaucador que iba de pueblo en pueblo en un carromato y vendía el famoso elixir del Dr. Morgan con el que sanaba todos los males del alma. Aliviaba los desamores, hacia ricos a los pobres y más ricos a los ya ricos, curaba a los enfermos y evitaba que los sanos enfermaran. Antes, adivinaba el futuro a quien se lo pedía o asustaba con su pasado a quien ya venía asustado con él. Todos decían de Sergio: "¡Qué hombre más sabio! Deberías consultarle, seguro que  tiene la solución a tu problema" Y acudían a él como corderos, como en el pasado iban a ver al oráculo o al santón de turno para que  obrara su magia y les mintiera diciéndoles aquello que ellos querían -o temían- oír. Sin duda era muy popular: le invitaban a fiestas y a copas hasta que un día se cansó de encontrarse en medio de tanta invención, de tanta falsedad, de tanta cena sin hambre, de tanta copa sin sed... Y cuando dejó de ser el embaucador del carromato pasó a ser la voz que clamaba en el desierto. Ahora siguen a otro augur que acaba de llegar al pueblo. Lleva un carromato parecido al que él llevaba entonces. Vende un elixir que dice que lo cura todo: desde la depresión hasta la impotencia, desde la crisis económica hasta la calvicie. Y al parecer tiene gran éxito. Lo invitan a copas y a cenar. Y a Sergio no le dejan acercarse al pueblo. La verdad, amigos, es un mal negocio.
                Salvo que te guste comer bichos y vestirte con piel de cabra y dar gritos que nadie oirá jamás en el desierto.


domingo, 14 de junio de 2015

Amigos de facebook.


                     Se había creado una identidad falsa en las redes sociales para poder conversar consigo misma. A veces le llegaban solicitudes de amistad a su perfil real, pero jamás las aceptaba. Sin embargo, en su identidad alternativa era la persona más popular de su entorno. Tenía casi 5000 amigos y cada día aceptaba decenas de solicitudes, pero en su perfil real apenas tenía media docena de enlazados y sólo compartía cosas de su alter ego. Sus amigas empezaron a cuchichear a su espalda comentando esa amistad tan especial que tenían y hasta ella acabó convencida de que Ramón, su creación virtual, era real. Tanto, que acabó enamorada de él y ya no solo chateaba consigo misma sino que dejó de salir con otras personas. Hoy llegó profundamente deprimida al trabajo. Había roto con Ramón, admitió ante la insistencia de sus amigas por saber qué le ocurría. Al parecer, este se había puesto celoso de una nueva amistad que ahora tenía, Mario, y le dijo que tenía que elegir entre uno u otro, y eligió a Mario. Ramón estaba bien, pero Mario era tan perfecto, que estaba segura de que jamás podría inventarse otro amigo virtual tan completo y compatible como él. Claro que eso no se lo podía confesar ni a sus amigas ni a Ramón. A nadie le interesaba su vida privada. 

sábado, 13 de junio de 2015

Roscas.


                    Aquel verano se envició con las roscas. Porque para él eran roscas por más que en el paquete pusiera "palomitas de maíz". Las comía a diario, continuamente, con un apetito rayano en la ansiedad. Fue el verano en que, con la pierna rota por tres lados por un accidente de moto, no pudo salir de casa. Se envició con las roscas y con el cine de terror, y cuando al acabar el verano su pierna había sanado, las roscas, la escayola y los maratones de cine de terror quedaron relegados al olvido en el mismo cajón de la memoria. Hace unos días leyó la noticia de que Cristopher Lee, el mejor Drácula de todos los tiempos según él, había muerto. Este fin de semana ha cancelado todos sus compromisos y se ha encerrado en casa con un montón de películas de terror, de las clásicas, en blanco y negro, de aquellas que en su infancia le asustaron y en su juventud le enviciaron con las roscas. Se ha encerrado a solas y ha empezado a comerlas de nuevo de manera ávida, casi compulsiva, mientras veía, una detrás de otra, aquellas mismas pelis. Y hasta podría jurar que aquella pierna rota y curada treinta años atrás, le ha vuelto a doler como entonces. Era su personal manera de despedir a un mito.

viernes, 12 de junio de 2015

Beso a beso.


                 Pidió una copa. No solía beber, pero hoy necesitaba algo fuerte y cálido bajando por su gaznate, corriendo por sus venas, calmando sus nervios. Luego se pidió otra. Y después otra y otra más. Ya no sabe cuántas ha pedido, pero sabe que, ahora, por fin, ya tiene el valor de acercarse y decírselo. Sí, se acercaría y le diría: cariño, lo siento, la culpa la tuvieron Paloma San Basilio, su "Beso a beso...dulcemente", y el karaoke del hotel. Yo era feliz hasta entonces. O tal vez no, cariño, pero al menos, no lo sabía. O quizá sí lo sabía y no me había dando cuenta hasta que oí a aquella mujer cantando aquello de: 
            "Te acercas tan despacio que casi me impaciento. 
            Me quemas con tus manos, me abrazas con tu aliento.
            Amor de horas ocultas, bendito amor secreto.   
            Mi cuerpo te desea..."
           Y me pregunté cuánto tiempo hace que no me sentía así, amada, entregada, loca de pasión. Te soy sincera, amor, no sé si alguna vez he sentido eso contigo. Y luego pasó lo que pasó, era inevitable: empecé a pensar y a vernos como si mirara a otra pareja diferente. Y no me gustó lo que vi. Por eso estoy aquí, bebiendo sin parar aunque yo, en realidad, no bebo nunca. Tratando de reunir el valor suficiente para acercarme a ti esta noche y en vez de decirte "claro, claro" cuando me preguntes si te quiero, hoy, borracha pero honesta, te pueda decir que no.

miércoles, 10 de junio de 2015

Memorizando


                    Curiosamente el amor le llevó a sentir el mayor de los odios. Odiaba, sobre todo, su cobardía, y ese odio aumentaba en la misma proporción en que lo hacía el deseo de susurrarle que la amaba, que solo se sentía vivo cuando rozaba su cuerpo aunque fuera de manera fugaz, que solo se sentía despierto cuando soñaba con ella, que solo se sentía animado cuando la observaba en silencio tratando de aprenderse de memoria cada lunar de su cuerpo, cada centímetro de su piel, cada inflexión de su voz, cada mueca de su cara, cada tic de sus manos. Necesitaba aprendérsela de memoria para luego, en las noches vacías de sueño, llenarlas con el dolor y la alegría que le producía su recuerdo.

martes, 9 de junio de 2015

Un cuarto de siglo.


                  Se paró delante de su puerta. Lo hacía a diario desde que la vio a la salida del supermercado y la siguió hasta allí. Estaba seguro de que era ella, su primera novia, pero no se atrevía a acercarse y saludarla para preguntárselo. No tanto por si resultaba que se equivocaba como por si, al final, era ella de verdad. ¿Qué le diría? ¿Qué le podría decir que no sonara estúpido, humillante o banal? No se le ocurría nada y por eso solo se quedaba mirando la puerta de su casa con la esperanza de verla de nuevo mientras recordaba el último día que habló con ella. O mejor, que la escuchó en silencio, con los ojos arrasados de lágrimas y un nudo en la garganta que le impedía decir palabra mientras ella le daba las razones por las que quería romper con él, al menos temporalmente, hasta que acabara su carrera en una Universidad madrileña. De eso hacía ya un cuarto de siglo. A él le gustaba decirlo así: un cuarto de siglo, en vez de veinticinco años. Sentía que, de esa manera, lograba distanciarse más de ese momento. Por eso, cuando Tere se acercó a su lado sin que él la viera llegar y le preguntó si él era Antonio, le contestó que no, que se equivocaba, y aunque lo hizo sin mirarle a los ojos, trató de poner el énfasis necesario en su voz para convencerla. Porque, como se dijo a sí mismo cuando la vio alejarse con la extrañeza reflejada en la cara, veinticinco años es todo un cuarto de siglo.

lunes, 8 de junio de 2015

Esperas.


                Aquel final de primavera estaba siendo inusualmente frío y oscuro y eso le estaba pasando factura. Se sentía triste, desganado, cansado a todas horas. Necesitaba algo que le hiciera reaccionar, que le devolviera las ganas de hacer cosas, de salir a la calle, de vivir. Necesitaba amor en su vida, pero desde que Elvira se había ido diciendo aquello de "necesito que nos demos un tiempo para reflexionar hacia dónde va nuestra relación", el frío y la soledad se habían asentado en su vida. Él ya sabía hacia dónde iba su relación: a la puta mierda. Hacía tiempo que "su relación", como ella decía, no era sino un espejismo, pero ambos se negaban a reconocer. Era como el regusto amargo que deja en la boca el café cuando se toma según los cánones: empieza siendo agradable y acaba siendo un recuerdo ácido. Y ahora solo siente frío cuando llega a casa. A pesar de que el verano esté solo a dos semanas o de que esté viviendo en la zona más cálida de la isla. Por eso se sienta frente al teléfono esperando que suene y entra en su correo electrónico cada media hora con la esperanza de que Elvira hubiera mandado algún mensaje que le diga si ya ha reflexionado sobre el sentido de esa relación sin sentido desde hacía tanto tiempo, o se asoma a cada rato a la ventana para ver si, entre tanto nubarrón negro, sale -aunque sea tímidamente- un rayo de sol que le de alguna esperanza.

domingo, 7 de junio de 2015

El cambio.

Longines Aviator.

               Antes, cuando paseaba, se paraba en los escaparates de las joyerías o de las peleterías. Fantaseaba con qué reloj se iba a comprar,  con qué pluma estrenaría ese mes o con aquel zapato de marca que lucía tan bien en el escaparate y que luciría mejor en sus pies. Luego llegó la crisis y se llevó todos esos sueños, todas esas fantasías, todas sus ilusiones. Ahora, cuando sale por las tardes a tomar el aire, en vez de en las joyerías, se para en todos los supermercados que encuentra a su paso y analiza sus ofertas para saber dónde está la leche de oferta, en qué sitio venden más panes por un euro o en cual está más barato el aceite. Solo vuelve a imaginarse llevando relojes de lujo, luciendo plumas de diseño o calzando zapatos de marca cuando, en vez de pesadillas que anuncian la miseria más completa, tiene sueños en los que vuelven los buenos viejos tiempos.