martes, 13 de enero de 2015

07:00 a.m.


Cada mañana se levanta agotada, con la misma sensación de hartazgo y frustración que el día anterior. Toda su vida le pesa más de lo que ella cree poder soportar. Su día a día es tan patético, o a ella se lo parece, que cuando sus compañeras desayunan entre risas y hablando, planeando su futuro como si éste se fuera a comportar de la manera en la que ellas lo ideasen, Sonia lo hace en silencio, planeando su muerte. 
Cada día idea un nuevo final para ella misma, más complejo y elaborado que el anterior. Pero sin violencia. Sonia odia la violencia, y ni siquiera la muerte iba a cambiar eso. Imagina planes y estrategias que la ayuden a salir del pozo en el que se encuentra, pero siempre tomando atajos, siempre de la manera más rápida. Y sin dolor. Porque lo que más odia después de a su vida y a la violencia, es al dolor. 
En el vagón del metro, mientras mira cómo su reflejo aparece y desaparece en el cristal de la ventanilla, piensa, una vez más, que el de hoy sería, ¡por fin!, su último día. Sus planes eran perfectos. Sólo había un pero en ellos: hacía falta decisión para llevarlos a cabo. Y de eso no tenía, así que sabía que el de hoy, probablemente, lo único que lograría sería aumentar su frustración cuando mañana se levantase de nuevo, agotada y harta de todo.
Y es que a los 16 años, la soledad, el desamor y la desesperanza son montañas tan altas, que a veces no se logran escalar.

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