sábado, 17 de enero de 2015

Noches solitarias.



Veo pasar las horas en el reloj de esta estación solitaria como si fueran hojas muertas que caen en un bosque interminable. Pero ellas no caen al suelo, se clavan en mis ojos arrasando mi mente como alfileres al rojo vivo. Igual que la hoja afilada de una guadaña manejada por un verdugo sin piedad.
Esta noche parece no tener fin.
Y yo ya no sé qué pensar, en qué creer.
Mi lógica me dice que todo esto pasará, que la noche acabará, que este reloj al que no paro de mirar, y que parece no caminar nunca, marcará las hora del nuevo día. Sé que cuando el día llegue, las cosas cambiarán, que a la luz de la mañana no me sentiré tan sola y triste. Me dice que en algún lugar debe haber alguien que tampoco duerme hoy mirando a la luna amarillenta que parecer dominar el cielo esta noche, y tal vez él esté triste también y  anhele, como yo, abrazar y ser abrazada. Eso me dice la lógica.
Lástima que éste sea un mundo donde la lógica no parece tener lugar.
Y de momento aquí estamos, a solas, la noche, mi angustia, mis deseos, y yo.
Y un reloj que no avanza.