viernes, 2 de enero de 2015

Recuerdos de la niñez perdida.


Alguien me dijo una vez que la infancia es ese espacio común donde todos nos encontramos y reencontramos con aquél que fuimos una vez antes de ser quien somos ahora. Quizá por ello el recuerdo de aquellas mañanas de principio de verano de esos años, llenas de un aire limpio y claro, con esa luz tan brillante que lo bañaba todo con un color tan nítido que aún permanece vivo en mi memoria, siempre me llena de una nostalgia agridulce. 
Recuerdo con esa misma nostalgia la habitación de mis padres, con los muebles de aquella madera tan oscura que casi los hacía parecer negros, con aquél perro de porcelana marrón y brillante, tan feo, tan malo, que aunque hubiera llegado hasta hoy, jamás hubiera tenido la categoría salvadora de ser una antigüedad. Lo feo, es feo y malo siempre. 
Revivo también el olor de aquél dormitorio. Olía a la loción de afeitado de mi padre, varonil e intensa,  y a Maderas de Oriente, el perfume que usaba mi madre. Ambos olores, como mis propios padres, convivían en una extraña armonía donde ninguno dominaba al otro sino que se potenciaban y complementaban a la perfección. Ese olor, mezcla de ambos, impregnaba la manta que cubría en invierno las camas de ambos. Una manta de tacto cálido y sedoso, que se veía sustituida en verano por el vivo colorido de la colcha de ganchillo con la que mi madre vestía las camas los días de calor.
Pero el recuerdo que más anclado tengo es el del batín de lanilla que usaba mi padre dentro de casa. Un batín color cámel, con hebras de tabaco en su bolsillo y un chisquero que siempre sobresalía del mismo. No sé por qué, asocio ese recuerdo al de mi padre afeitándose.

Cada día esperaba con deleite la hora en la que mi padre se afeitaba. Era como contemplar el ritual casi mágico de una ceremonia religiosa. Yo me sentaba cerca de él, en el suelo de mármol del baño, tratando de no perderme ni uno de los gestos  que mi padre hacía en el momento de afeitarse. Era una rutina precisa: primero se mojaba bien la cara con agua caliente, luego, con toda la paciencia del mundo, se enjabonaba la cara con su brocha de afeitar. Empezaba por el cuello, continuaba luego con el moflete derecho, para acabar por fin con el izquierdo antes de comenzar con las pasadas lentas de la navaja sobre su piel, con ese ruido de raspar que hacía el filo al cortar aquellos pelos tan duros de la barba de mi padre. Unos pelos que volvían a pinchar como alfileres al poco tiempo de afeitarse. 
Mi padre, absorto en su mundo, hablaba consigo mismo mientras se afeitaba repasando en voz alta los temas que le preocupaban. A veces me alongaba a su lado para comprobar si había alguien al otro lado del espejo con el que mi padre pudiera estar hablando. Mi imaginación desbocada me llevaba a creer que tal vez hubiera otro padre diferente escondido tras ese espejo, y hacía nacer en mi una irresistible curiosidad por ver si, de la misma manera, habría algún otro niño como yo también en ese mundo mágico y misterioso del otro lado de un espejo que, a mi, se me antojaba como la puerta al país de las maravillas de la mismísima Alícia.
Hoy nada es ya igual. 
Afeitarme no es, desde luego, esa ceremonia tan calmada, tan pausada y pautada que tenía mi padre.
Además, a mi nadie me mira cuando me afeito.
Claro que yo tampoco lo haría si no fuera imprescindible para no acabar con la cara tan herida y sangrante como, a veces, tengo el corazón.