jueves, 22 de enero de 2015

Un tipo reservado.


Le conocían como "el de la casa encarnada". Nadie nunca se preocupó jamás de saber algo más de él. Tampoco le dijo nadie que al comprar esa casa adquiría con ella también el mote y la invisibilidad como persona. Al principio le sorprendió que nadie le contestara a sus saludos cuando salía a pasear por el pueblo o cuando acudía al colmado local para hacer la compra. Él lo achacó a que en los pueblos pequeños al principio es difícil integrarse y pensaba que, con el tiempo, la cosa cambiaría y llegaría a ser uno más de ellos.
Pero se engañaba. Eso jamás sucedió. Tampoco llegó a saber nunca qué lacra había adquirido cuando compró la casa encarnada que estaba solitaria en la colina, a la salida del pueblo. ¿Cómo saberlo si nadie le hablaba? Cuando ya no aguantó más, puso la casa en venta. La puso a buen precio. No le importaba ganar o perder. Lo único que quería era salir de ese pueblo y recuperar su identidad. Por eso, cuando llegó la primera oferta de una pareja joven que vio el anuncio de venta en internet, la aceptó sin dudar. Sabía que nadie en el pueblo les diría lo que pasaba con quién adquiría esa casa. Igual que tampoco se lo dijeron a él.
Hace poco que se ha mudado a mi pueblo. Cuando le preguntamos su nombre se quedó en silencio un buen rato. Llevaba tanto tiempo siendo "el de la casa encarnada", que ya no recordaba su nombre. Cuando por fin nos lo dijo fue como si se rompiera un dique y nos contó su historia. Hizo mal. Para nosotros sería también, a partir de entonces, "el de la casa encarnada del pueblo de al lado".
Hoy hemos visto nuevos vecinos en su casa. Por lo visto la ha vendido, aunque no nos dijo nunca que fuera a hacerlo.
Era, sin duda, un tipo muy reservado.

1 comentario:

Iván Cabrera Cartaya dijo...

Magnífico, Jesús, me ha encantado este microrrelato lleno de duros silencios y problemas de comunicación, un tema que siempre me ha interesado: esa omertá, esa ley de silencio que también sirve para destruir a alguien. ¡Bravo, amigo!