martes, 24 de febrero de 2015

Alcohol barato.


       Carlos se miró una vez más en el espejo de su cuarto. La cara macilenta, abotargada, de ojos rojos de mirada bovina y vacía de expresión, nada tenía que ver con aquella otra que le sonreía, tonificada y alegre, desde la foto que estaba en su mesa de noche. Ese también era él, pero bien podría ser cualquier otro. Una de esas fotos que vienen con el marco cuando lo compras y que, no sabes bien por qué, no cambias nunca por la tuya.
         Tumbado en  la cama, con la luz apagada y lo que queda de la segunda botella del día en la mano, repasa su vida entre trago y trago hasta que el sueño o el alcohol, fuerte y barato, acaban venciendo su hartazgo y tristeza. Su vida últimamente es eso: beber, recordar, beber, sumirse más y más en la depresión, beber y llorar hasta quedar dormido. Hace casi ocho años de su último trabajo decente. Claro que a Carlos le parece que eso ocurrió hace siglos. Tal vez en una vida anterior, cuando él era un joven arquitecto de éxito y la crisis no había arrasado con su vida y con el país, cuando aún no era un borracho agobiado por la soledad.
       Quizá fue la botella al resbalarse de su mano o tal vez el irritante sonido del teléfono lo que el que le sacó de su sopor alcohólico. Miro ceñudo y encogido sobre sí mismo al aparato en la oscuridad maloliente de su habitación. No lo iba a coger. ¿Para qué? Debía ser alguien equivocado, se dijo mientras buscaba y abría una nueva botella. ¡Quién iba a querer hablar con un muerto!, pensó mientras daba un generoso trago de la botella y buscaba una colilla que encender entre el montón que abarrotaba el cenicero, con una sonrisa estúpida en su cara.

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