lunes, 2 de febrero de 2015

Hoja emborronada.

Manuscrito de “Norma y Paraíso de los Negros” con sus borrones. (Foto por F. Collazo)

Llevo cincuenta y dos años en el oficio de moribundo y apenas soy un aprendiz del mismo. Morir me está costando toda una vida. Vivir, sin embargo, sólo me ocupa el tiempo de levantarme y caminar. 
Siempre caminar. Siempre hacia el horizonte.
¡Quién me lo iba a decir a mi! Tanto tiempo muriendo, y ahora, que la descarnada roza mi puerta con la punta de sus dedos huesudos, me da reparo abrirla. Pienso en mi no-vida hasta hoy. Cuando la examino sólo veo una hoja llena de borrones y tachaduras. Tal vez eso no sea malo. Tal vez ser la hoja que lleva el viento de un lado a otro no sea tan mal destino. Pero no voy a negar que me hubiera gustado ver esa página más limpia, más ordenada, escrita con una letra hermosa y cuidada.
Claro que entonces yo no sería yo.
Sería otro. ¿Más feliz? Quién lo sabe. Quizá uno nace ya con ese sabor amargo que pone en la boca la frustración y nunca podemos desprendernos de él. 
Llevo cincuenta y dos años aprendiendo a morir. Y entre tanto no he sabido vivir.

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