sábado, 14 de febrero de 2015

La guagua.

   

     Algunos lo miraban extrañados, pero para la mayoría, él era ya parte del paisaje de aquella calle. A él, en realidad, le daba lo mismo una cosa que la otra. A él, en realidad, sólo le importaba poder pasar el día sentado en aquella parada de la guagua y ver las caras de los pasajeros a través de sus ventanillas. Tenía sus pasajeros habituales. Eran aquellos que cogían la guagua cada día a la misma hora. De alguna manera ya eran amigos aunque jamás habían compartido otra cosa que no fuera sus miradas.
        Un día se decidió y subió él también a la guagua. Se sentó junto a Ángel, detrás de Anabel y delante de Marta. En realidad no sabía sus nombres, pero hacía tiempo que los había bautizado así porque eran los nombres que le pegaban a sus caras. En la parada siguiente vio a una mujer que hacía punto sentada en un banco como el que él solía ocupar. 
Cuando su mirada y la de ella se cruzaron comprendió que ella era como él y que él se había convertido para ella en un nuevo personaje al que bautizar.
        Y la idea le reconfortó.

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