domingo, 22 de febrero de 2015

Momentos de felicidad.


Cuando era pequeño corría a esconderse en el ropero de sus padres. Allí se sentía a salvo. Otros niños temían a los monstruos que vivían en los armarios, pero él no. Sus miedos y angustias estaban fuera, y dentro del armario, a oscuras y con los ojos cerrados, desaparecían en cuanto aspiraba el olor de aquella ropa, ese olor dulzón y penetrante, mezcla de la colonia que usaba su madre y de la loción de su padre. Allí se sentía protegido y seguro.
A veces se quedaba dormido tumbado dentro del ropero mientras escuchaba, amortiguado por la puerta del armario y las ropas, el golpeteo rítmico de la máquina de coser de su madre o la voz, algo chillona, de los locutores de la radio al retransmitir algún partido de fútbol los domingos.
En esos momentos sentía que el mundo estaba bien, que todo iba como debía ir, que sus vidas eran perfectas.
Y esos, en resumen, fueron los únicos momentos de felicidad de su vida.

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