miércoles, 18 de febrero de 2015

Sueños.


El día se le hacía eterno. No veía la hora de irse a la cama. Las tareas cotidianas, asearse, desayunar, ir ocho horas a ese trabajo gris de oficinista entre montañas de papeles y expedientes, almorzar en medio del ruido incómodo del bar, volver a casa entre los empujones de los otros pasajeros del metro, cenar cualquier cosa frente a cualquier programa aturdidor de una tele casi sin sonido, le asfixiaba como persona.
Por eso él sólo era feliz cuando dormía. 
En el mundo de los sueños él era otro diferente; era quien quería ser: un osado pirata, un gran amante, un policía valiente y sagaz, un afamado poeta ante el que las mujeres y algunos hombres caían rendidos de amor. Pero la noche se le hacía corta e insuficiente. Y más aún cuando a esa noche le seguía cada día la misma rutina. 
No era feliz y quería serlo. Por eso cuando esta noche se tome las dos cajas de ansiolíticos que el psiquiatra le recetó para tratar su depresión y que él nunca había tomado, no lo hará para suicidarse sino para dormir mucho, mucho tiempo. Por eso cuando el forense lo examine dos días más tarde lo que más le sorprenderá será la enorme sonrisa que tenga el muerto en su cara.

No hay comentarios: