viernes, 20 de marzo de 2015

Amor a punta de navaja.


             De vez en cuando paso por la calle de atrás y me paro ante la casona del fondo. Es un caserío grande y antiguo, con un jardín enorme y una vaya de corta altura que permite que desde la calle se pueda ver todo el jardín. Me paro y la miro no por el jardín o por las dimensiones de la casa, verdaderamente grande en comparación con las que la rodean. Ni siquiera lo hago porque su estilo arquitectónico sea especial o llamativo. La casa, tamaño y jardín aparte, es más bien normal; de una planta cuadrada y con tejado de pizarra  abuhardillado a cuatro aguas. Grande, antigua, pero nada del otro mundo. 
           Nada salvo el álamo que está en su parte norte. Frondoso, robusto, da sombra al jardín y a la propia calle. Debajo de él alguien colocó un banco de madera, artesanal y simple, pero que debió ser el centro de amoríos vespertinos, de lecturas calmadas bajo su sombra y de algún rato de ensoñación al aire libre de las calurosas noches de verano. En ese banco hay grabada a punta de navaja una declaración de amor. Está en el respaldo, sólo puedes leerla si sabes que está allí o por casualidad. Es una declaración de amor que jura eternidad a los sentimientos. Una declaración hecha por jóvenes, sin duda, y que ha resistido el paso de los años, el clima duro de esta zona y sucesivos lijados y barnizados. Siempre me he preguntado si esa declaración duró más que el amor que juraba.
          Hoy me he enterado de que han comprado la casa. Se comenta en el barrio que van a construir pisos y un parque delante. No he podido resistir la tentación y he ido a por el banco. He pensado que una promesa que ha durado tanto tiempo no debería acabar en el vertedero con el resto de los escombros de la casona.
        Además, siempre me he querido pensar que mientras alguien se siente en ese banco y recorra sigiloso la inscripción con sus dedos, ese amor seguirá vivo en el tiempo.

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