domingo, 29 de marzo de 2015

Amores clandestinos.


          De vez en cuando sentía la imperiosa necesidad de volver a vivir un amor clandestino, de volver a experimentar la emoción especial de los primeros momentos de una relación, de tener las manos frías y los ojos brillantes, de sentirse invencible, casi inmortal. Sentía el deseo irrefrenable de sacar del armario el traje de los secretos, de ponerse unas gotitas de perfume y notar como ese músculo atrofiado que era su corazón volvía a latir con una ilusión casi adolescente. Cuando eso ocurría, cambiaba de trabajo, de barrio, de amigos y fingía ser otro. Un día se la tropezó en una cafetería. No se habían visto hacía años, pero se reconocieron. Él se acercó y se presentó como si nunca se hubieran visto antes. Le dio un nombre nuevo y le contó una vida inventada, inexistente hasta el momento justo en el que la iba creando para ella. Ella le dio también otro nombre inventado y le contó una versión novelada de su vida a pesar que ambos sabían que era falsa. Ese día quemaron en una hoguera sus trajes de los secretos los recuerdos y los rastros de sus vidas anteriores. Fue justo antes de mudarse juntos a otra casa en un barrio diferente con sus nombres nuevos.

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