sábado, 14 de marzo de 2015

Céntimos.


      Pasea a diario por las calles de mi barrio. Siempre con la cabeza gacha, las manos a la espalda y un paso corto y pausado. Cuando alguien lo saluda contesta con un gesto de su mano o alzando ligeramente la cabeza para volver a bajarla casi de inmediato y sin detenerse. Juanito el de los céntimos pasa sus mañanas buscando los céntimos que a la gente se le caen  y no se molesta en recoger. Sólo sonríe cuando descubre uno. Entonces se agacha rápido, lo recoge, lo mira con detenimiento, como si fuera la primera vez que ve uno igual, y luego lo guarda en la bolsa de tela beig que lleva colgando de su cintura. Una de esas bolsas en las que los niños llevan el desayuno o la merienda al colegio.
      Dicen que en su casa, junto con otros que contienen pesetas de las rubias, perras gordas y perras chicas, tiene decenas de tarros llenos de céntimos. Los clasifica por el país de origen. Tiene uno para cada país. Dicen también que el bote de la Ciudad del Vaticano permanece vacío. Una vez comentó que una de dos: o allí no se usaban los céntimos o los curas eran tan roñosos que los guardaban celosamente. Al menos tanto como él. 
        A veces, cuando lo veo de lejos, atajo por alguna calle para adelantarlo, dejar caer uno o dos céntimos y ver cómo se le ilumina la cara al recogerlos.
          Nunca me costó menos hacer feliz a alguien.

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