lunes, 9 de marzo de 2015

Choni.

         

         Su mayor ambición era salir con una choni. Una de esas chonis perfectas, de las uniformadas, de las que lucen mallas de leopardo tan ajustadas que podrían ser, no ya su segunda piel, sino perfectamente hasta la primera. De las de pelo rubio pajizo de bote de hipermercado recogido en uno de esos moños-torre de estática casi imposible, ceñido por un elástico rosa fluorescente. De las que se tatúan el nombre de su presunto padre en el pie derecho, una rosa de los vientos multicolor en medio de las tetas y la escena de un calendario de restaurante chino en el brazo izquierdo. Ese tipo de choni.
En realidad él no tenía preferencia por ninguna en especial de las muchas que conocía. Cualquiera le valía. En realidad todas eran tan parecidas entre sí que si llevara a su casa una diferente cada semana nadie lo notaría. Probablemente tampoco él.
      Sí, quería una choni profesional. Alguien que no desentonara con él y con su imagen tan trabajada de perfecto inútil, de bueno para nada. Que no desluciera al lado de ese corte de pelo que llevaba, tan original. Tanto, que todos sus colegas lo llevaban igual. Una que estuviera estéticamente a la altura de sus vaqueros elásticos de mujer, última moda entre los hombres que ansían destacar y ser diferentes. Alguien cuyos tatoos combinaran perfectamente con los suyos; con los de sus piernas, casi cuadros de Gauguín, con sus brazos, completo muestrario de símbolos tribales, o con su nuca, donde un serpiente con la boca abierta y los ojos rojo sangre amenazaban a un inexistente pensamiento. Pero sobre todo quería una choni de catálogo porque de esa manera ambos tendrían el nivel intelectual preciso para concursar en Mujeres, Hombres y Viceversa y lograr sus quince minutos de fama.
         Porque de algo tendrá que vivir los próximos años, ¿no?

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