martes, 17 de marzo de 2015

Corbatas y camisas.


          Buscaba una corbata que combinara bien con la camisa que me habías elegido. Por nada del mundo querría arriesgarme a despertar de nuevo tu ira. Las fui desechando una tras otra. ¿Y si cambiara de camisa? Definitivamente aquella no era una buena idea. No estaban las cosas entre los dos como para meternos en una nueva pelea. Y menos si iba a ser por un asunto tan absurdo como el color de la camisa o el estampado de mis corbatas. Me senté en la cama. Sí, ya sé que lo odias, pero me dio igual. Miraba las puntas de mis zapatos negros. La verdad es que ya necesitaban ser retirados. ¿Cuánto tiempo más iba a durar esto? ¿Cuánto tiempo más íbamos a fingir lo que hace tiempo que ya no éramos? A simular ser una pareja, cuando ya sólo compartíamos nuestras soledades y nuestras frustraciones. ¿El amor? Sí, supongo que alguna vez hubo de algo de eso entre los dos. Pero te juro por mi vida que no sé cómo murió. Tal vez es que, como algunas cosas de esta vida, nació muerto y no nos dimos cuenta hasta que no empezó a apestar.
        Con lentitud me quité la camisa. Sí, la misma que tú me escogiste. La corbata no llegué a ponérmela nunca. Bien mirado, no encontré ninguna que combinara bien con ella. Sé que te enfadarás, que gritarás, y hasta es muy probable que, como sueles hacer últimamente, empieces a romper cosas.                 Eso no es nada. Total, hace tiempo que ambos nos rompimos mutuamente el corazón. Qué importancia podrán tener unos platos o algún portaretrato más hechos trizas.
Para mí, ninguna.

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