sábado, 28 de marzo de 2015

El barrio.


        Treinta años después volvió al barrio. Todo estaba cambiado, pero el podía reconocer, como si se hubiera ido ayer mismo, el olor de su calle. La panadería seguía impregnándola de olor a pan caliente, la floristería de aroma a rosas recién cortadas y del bar de Paco seguía saliendo un estruendo de conversaciones gritadas y ese olor a fritanga de todo tipo. Aquel era su barrio y aquella su calle, y por mucho tiempo que hubiera pasado seguiría reconociéndolos. Era como ver imágenes de una película conocida. Sin embargo, él no fue reconocido ni por Paco el del Bar, ni por la panadera, ni por el dueño de la floristería. Tampoco por su hija, que quedó atrás en su vida la mañana que decidió romper los lazos y las cadenas y con la que se cruzó al entrar en el portal de la que una vez fue su casa. A veces es más fácil mantener vivo el recuerdo del cariño que una vez tuvimos que el propio cariño en sí mismo.

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