jueves, 5 de marzo de 2015

El hombre de los espejos.


          Siempre se supo feo. Incluso de niño. Incluso a esa edad en la que todos los jóvenes son atractivos de alguna manera, él ya sabía que era feo. No repulsivo, no horripilante, pero sí feo. Con esa fealdad que da la vulgaridad más absoluta. Porque cuando se es feo con avaricia, esa misma fealdad logra hacerte interesante, pero cuando a la fealdad se suma la vulgaridad de los rasgos, eso aumenta más aún si fuera posible esa fealdad.
Nadie se lo decía, claro. Al menos no con palabras, pero él era feo, no tonto, y notaba perfectamente su fealdad en las miradas de los demás. En sus gestos de rechazo mal disimulados, sobre todo cuando desviaban la mirada al darse cuenta de que él los había cazado observándole o en esas sonrisas forzadas llenas de rubor cuando no logran hacerlo a tiempo.
        Sí, era feo, pero sin embargo él siempre estaba mirando su cara. Aunque tampoco podría decir qué rasgo de ella destacar. Tal vez por eso tenía su casa decorada con decenas de espejos. Los tenía de todas las formas y tamaños colocados por todas las habitaciones: el salón, los pasillos, los dormitorios (incluso en los que siempre permanecen vacíos), el baño, y hasta en la cocina tenía un par de ellos. Un día le preguntaron si es que estaba enamorado de su cara. No, contestó, lo que pasa es que espero que así, con el tiempo, pueda habituarme a mí mismo.

1 comentario:

Rosy Robayna dijo...

Hay otros que se esconde de por vida. Me gusta ese prota, es guapo después de todo.