domingo, 1 de marzo de 2015

Sombras heladas.


        Las veo sentadas en la terraza de moda de esta zona. Ellas no podían estar en otra, vaya. Aunque sea sólo para pedir un capuchino y un agua sin gas tienen que estar allí, tienen que dejarse ver donde se dejan ver los que aún no son, pero quieren ser en esta ciudad. Los que quieren mantener la ficción de que son sin ser para así llegar a ser alguna vez. Aunque para ello hayan de pasar frío. Porque abrigarse demasiado no es cool. Para nada.
      Me pregunto de qué hablan. Sus caras, excesivamente maquilladas, incipientemente arrugadas y excesivamente cubiertas por unas enormes gafas de sol, perfectamente inútiles en esta tarde nublada son como máscaras hieráticas, caricaturas de un pasado de triunfos cada vez más lejano para ellas. De vez en cuando sonríen. Miento. Mienten ellas. No sonríen. Parecen sonreír, pero en realidad sólo lo hacen con sus bocas perfectamente perfiladas y brillantes. El resto de sus caras permanece igual de fría que la tarde. Se percatan de mi y de mi descarada curiosidad hacia ellas. Me dedican apenas treinta segundos de su atención. Es lo que necesitan para mirarme, evaluarme y decidir al unísono que yo no soy nadie, que no soy nada que merezca la pena en su concepción irreal del mundo. Treinta segundos. Después me vuelven a ignorar mientras recorren con su vista la terraza, barriéndolo todo con la mirada oculta tras las pantallas negras de sus gafas, escudos que llevan para protegerse de gente como yo. 
       De repente llega mi invitado. Es joven y conocido. Es, cómo no, alguien para ellas. Pero ellas no son nadie para él. Mientras nos saludamos las miro con el rabillo del ojo y veo que se quitan las gafas. Por un momento dudo entre decírselo a mi invitado o no. Decido pasar de ellas. Total, ¿quienes son? No son nadie. No son nada. Son sombras heladas que tratan, ahora sí, de llamar mi atención.

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