domingo, 22 de marzo de 2015

Sueños de infancia.

     

      Siempre quiso tener un Alfa Romeo, a ser posible, descapotable y rojo. Lo deseaba desde que tenía ocho años y mientras se vestía para ir al cole veía por la ventana de su salón cómo llegaba el vecino de la casa de enfrente. Le llamaba la atención su forma de llegar, haciendo rugir el motor del coche y cómo, de ese coche siempre brillante, se bajaba cada mañana una chica diferente. Todas guapas, todas elegantes, todas tambaleándose encima de sus tacones estiletos dentro de sus trajes de diseño. El niño pensaba que aquello debía ser la felicidad y no trabajar de abogado, como su padre. Siempre serio, siempre gris y aburrido, siempre con aquel mercedes blanco pasado de moda. Él quería vivir así y no como ese señor apagado que comía en silencio, dormía roncando y podía oír hacer gárgaras en el baño cada mañana.
          Ahora es él el que llega cada mañana a su calle haciendo rugir el motor de su Alfa Romeo, rojo y descapotable. Y cada mañana se baja de él una chica diferente, guapa, elegante y tambaleándose encima de sus tacones estiletos dentro de su traje de diseño. Y mientras, él mira disimuladamente hacia las ventanas esperando ver la cara de algún niño observándolo a él y a su coche, rojo y descapotable, con ojos de deseo, soñando conseguir con él una felicidad inexistente. 

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