domingo, 8 de marzo de 2015

Tarde de Calor.

      

      Esta tarde tórrida, asfixiante, con esta luz hiriente, con este aire irrespirable, me lleva en la memoria a otras tardes de hospital, a aquella habitación, caldeada y en penumbras, con el incesante borboteo del oxígeno en sus vasos y los quejidos acompasados como música de fondo. Me lleva a recordar el repugnante olor de la muerte llegando en silencio. Anunciándose a través de las llagas purulentas y de unas heridas que jamás cicatrizan en las pieles de las tres ancianas que ocupan la habitación. Pieles resecas, llenas de hematomas, arrugadas y frágiles como los cuerpos que cubren. 
       Y el silencio. Recuerdo el silencio. Un silencio roto sólo por mis suspiros tratando de no ahogarme en el dolor y la cercanía de un final que tal vez no fuera nada traumático, que  fuera casi esperado e incluso tal vez liberador para ellas, pero que a mí  sigue angustiándome.  O tal vez lo que me angustie es ver como se van así, en una soledad dura y cruel, amparándose las tres entre sí sólo con su presencia. ¡Qué terrible silencio a veces! Una de ellas se queja y blasfema, fruto del dolor más animal y del miedo más humano a la vez. Otra, en respuesta, llama quejumbrosa a su madre. Se me eriza el vello. ¿Dónde está su mente? ¡Pobre abuela! En su soledad se aferra al recuerdo de su madre. La tercera, calla, No se queja. No blasfema. Ni siquiera abre los ojos. Solo pide agua de vez en cuando.
      Y luego, nada. Silencio y más silencio. 
      Y calor.
      Todo un preludio de la muerte y el infierno.

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