lunes, 20 de abril de 2015

Blasín.


             Blasín pasea su cara de buena persona, sus pantorrillas blancas, deslumbrantes en contraste con sus bermudas azul marino, y su pelo canoso por las calles del barrio. Siempre sonríe, siempre saluda a los niños con los que se cruza, sin malicia, con la alegría del que es feliz. Sonríe más con sus ojos celestes que con sus labios, pero su sonrisa llena las calles por las que pasa. Sonríe y saluda a los niños, alegre, mano en alto, con su voz cantarina, y sigue sin esperar respuesta. Hace bien. Casi nunca le responden, casi siempre le rehuyen. El miedo al diferente es más fuerte que la sonrisa de Blasín. Para algunos bestias de este barrio, Blasín es solo un viejo retrasado y excéntrico, tal vez un loco, alguien que se ha de evitar por si acaso. Hoy lo he visto triste por primera vez. Unos imbéciles, con poca edad y menos luces, le gritaron por la calle llamándole subnormal mientras corrían hacia él. Blasín no corrió. No sabía que tenía que hacerlo. Él solo quiere pasear y saludar a los niños, por eso no corrió. Por eso se echó a llorar cuando lo rodearon entre los tres animales para empujarlo mientras se burlaban de él.
Blasín el bueno, Blasín el tonto, pobre, está triste esta tarde. No sonríe. No quiere saludar a nadie.
              Y yo ardo de rabia.

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