sábado, 25 de abril de 2015

Carlos.

                Nos conocimos cuando estudiábamos contabilidad. Él era algo mayor que yo y vivía con su madre en una casa de campo; una casita con un pequeño jardín lleno de geranios, rosas, claveles y unas margaritas blancas y amarillas. También tenían una higuera que daba unos higos dulcísimos, enormes, con el corazón brillante, como de color rubí. Cada vez que iba de visita, su madre desaparecía en su cuarto. A veces me parecía oírla llorar detrás de la puerta pero jamás saqué el tema. Hubiera sido una descortesía. Un día dejó de invitarme a ir a su casa, dejó los estudios de golpe y desapareció. Ocurrió cuando su madre, harta de vivir en un mundo de tristeza sin salida se las arregló para subir a la azotea y lanzarse desde allí al vacío. 
           Ayer se me acercó en una terraza un señor de aspecto desaliñado y manos temblorosas. Me pidió un cigarrillo con la voz quebrada. Olía a sudor. Yo no fumo, le dije.  ¿Y un café, señor? Iba a negarme pero le hice una seña al camarero para que lo sirviera. ¿No te acuerdas de mi, verdad? Me viré para mirarlo bien. Vi a un hombre mayor, con el rostro soleado, las manos temblorosas y la ropa sucia. Sus ojos estaban acuosos, con la mirada sin expresión. Soy Carlos, estudiamos juntos. ¿Tú eres Chamali, verdad?
          El café se me quedó helado en la taza mientras él me hablaba del día de la muerte de su madre, del insoportable sentimiento de culpabilidad que arrastraba porque cuando alguien iba de visita la obligaba a encerrarse en su cuarto. Me habló de sus lágrimas, de sus gritos, del sentimiento de tristeza que ella sufría al saber que se avergonzaba de su madre. Recordó como le gritaba pidiéndole que la soltara y su cara de desolación cuando la llevó al manicomio por primera vez. Le hice una seña al camarero para que le trajera un paquete de cigarrillos. Creo que le hacía falta. No se dio cuenta de nada. Simplemente lo cogió con toda naturalidad y empezó a fumar. Me dijo que cuando su madre murió él empezó a beber. No podía parar. Empalmaba una borrachera con otra hasta que acabó en la calle, tendido inconsciente entre vómitos. Me contó que lo recogieron sangrando, gritando incoherencias, aullando con los ojos desorbitados, agrediendo a todo el que se le acercara y cómo lo diagnosticaron de una psicosis que los médicos creían que había aflorado por el alcohol. 
              Pero yo sé que eso no es verdad, me contó mirándome a los ojos con su mirada turbia. Yo sé que fue mi madre que me maldijo mientras moría. Lo sé. Desde entonces me persigue. Y ya no sé qué hacer para que se vaya y se calle, me susurró. Y luego se calló. No supe qué decir. Sólo lo miraba en silencio tratando de descubrir en su cara a aquél chico joven, algo callado, tímido y sano, que me ofrecía los higos y las flores de su jardín para mi madre. Él no sé qué miraba. Creo que a sí mismo en su interior.
             Me levanté y me fui. No recuerdo si me despedí o no. Él siguió allí, sentado en la terraza soleada, fumando, con la mirada perdida en el humo del tabaco. Creo que escuchando de nuevo a su madre suplicándole entre lágrimas.