jueves, 2 de abril de 2015

Clavos y astillas.


            Como un clavo oxidado o una astilla  seca, así se sentía. Inútil y prescindible. Carente de sentido y utilidad en un mundo ordenado y perfecto. Una aberración que había que desechar o esconder para no afear la foto.  Cincuenta y cinco años y en paro; era lo mismo que estar muerto. No, era peor. Muerto sólo eres una estadística: varón, caucásico, nacido en 1.960, casado, dos hijos, un nieto, fallecido por infarto, incinerado. Todo guarismos en una tabla de porcentajes. Pero vivo, ¿qué era en realidad? Nada. Un número en una lista donde cientos de miles de personas como él estaban en su misma situación; sin esperanzas creíbles, sin posibilidades realistas. Muertos con vida, y  además, con mala vida. No, sin duda era mejor estar muerto del todo, muerto de verdad, de una vez para siempre. Mejor que ser un clavo oxidado, una astilla seca o un espejismo de ser humano en una sociedad deshumanizada que no dejaba en ningún momento de recordárselo.

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