martes, 14 de abril de 2015

Espejos para el alma.

Dibujo de John Reuss.

Casi todas las noches se despertaba atado al dolor que sentía en su pierna izquierda. Era un dolor lacerante y tenaz: siempre estaba ahí, agazapado, como en segundo plano. Esperando el momento adecuado para hacer todo el daño posible. Aguardando el instante en el que el resto del cuerpo se desconectaba de la mente para tomar por asalto el poder. El dolor, ese dolor, era un general ambicioso ducho en esa guerra de guerrillas. Al principio se preguntaba cómo era eso posible, cómo le podía doler algo que ya no tenía, golpeando furioso el hueco vacío en la cama. Algunas noches el dolor era tan intenso y tan real que tenía que levantarse para mirarse en el espejo y comprobar que sí, que era verdad, que ya no tenía esa pierna. Eran esas noches en las que echaba de menos un espejo que le mostrara también el hueco donde estuvo su corazón. Tampoco esa parte la sentía viva desde que Lola se fue y sin embargo seguía doliéndole desde entonces.

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