miércoles, 8 de abril de 2015

La desconocida.


Todos las tardes acaba su paseo descansando en el mismo banco a la sombra de un viejo árbol. Allí, el camarero de la terraza le acerca un té. Es un privilegio que nadie más tiene. Yo los veo desde mi ventana. El camarero se llama Ramón, el nombre de ella lo ignoro.  Me intriga. Sin darme cuenta me he convertido en parte integrante de esta coreografía extraña: a las cinco en punto me asomo a la ventana para ver cómo baja por la calle y se sienta en el banco, y un minuto más tarde Ramón le acerca su té. Todo perfecto, todo sin palabras, siempre igual. Hoy he decido esperarla sentado en el banco. La curiosidad me pudo. A las cinco en punto la veo bajar por la calle y noto que me voy poniendo nervioso. Me pregunto a qué olerá su piel de cerca. Nunca lo sabré. Hoy se ha sentado en la terraza y ha empezado a hablar con Ramón cuando le trajo el té. No sé si mañana volverá a acabar su paseo sentada en el banco o en la terraza. Sólo sé que Ramón no la atenderá porque lo habré despedido. 
Debería saber que no es bueno para el trabajo quitarle la novia al jefe.

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