viernes, 3 de abril de 2015

La lógica de los finales inventados.


           Cuando ya no soportaba más su realidad, gris y anodina, volvía a leer aquellos libros de aventuras que le acompaban desde su juventud. Entonces se volvía a enrolar como un marinero más en "La Hispaniola", junto a  los piratas Jim Hawkins, Bill Bones o John Silver el Largo, para buscar juntos el tesoro del capitán Flint. O revivía la emoción que le producía acompañar a Sandokán y a Yáñez en su venganza contra los británicos. Los libros de aventuras eran tan importantes en su vida que los releía una y otra vez para huir de su hastío diario. Hasta era capaz de recitar de memoria el inicio de Historia de dos Ciudades, de tantas veces como la había leído:

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la de la locura; la época de las creencias y la de la incredulidad; la era de la luz y la de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación." 


         Nunca se sintió más vivo y más real que cuando se volcaba en el mundo de la fantasía, de la aventura y de los finales perfectos. Para él esas historias eran más lógicas y aceptables que las que tenía que vivir a diario, esas historias grises que casi nunca tenían un final que le permitiera dormir en paz y con una sonrisa en los labios.

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