jueves, 9 de abril de 2015

Luisa y Pablo




              Cuando entró cerró la puerta de la casa tras de sí con cuidado. No quería hacer ruido a esas horas. La casa a oscuras salvo el salón, donde la luz parpadeante de un televisor casi sin volumen lo iluminaba tenuemente. Pablo dormía en el sofá con el ceño fruncido, una pierna apoyada en el suelo como si estuviera a punto de levantarse de un salto y la otra apoyada en el brazo del sillón. Luisa lo miró tratando de sentir algo por él. Lo que fuera: amor, ternura, cariño, rabia, asco, odio... Lo que fuera. Pero no lograba sentir nada; sólo una enorme indiferencia.   Se sentó en la alfombra a observarlo tratando de reconocer en él al hombre que la conquistó y que la esperaba a la salida del trabajo para volver juntos a casa. No lograba recordar cuándo o cómo se convirtió en ese esperpento barrigón, desaliñado y perezoso que ni siquiera había recogido los restos de la cena y las dos latas de cerveza de la mesita del salón. Era imposible pretender sentir nada por ese extraño que ocupaba noche tras noche el sofá salvo alguna, esporádica, que se dejaba caer en la cama para hacer una pobre imitación de lo que una vez fue sexo apasionado y ahora era algo frío, vacío y mecánico. No podía creer que diez años de convivencia dieran como resultado esto. 
              Se levantó silenciosamente. No quería despertar a Pablo de su sueño. Entró en el dormitorio y a la media hora salió con una mochila y una maleta. En la mesa del salón dejó la alianza y las llaves de la casa  junto a una nota de despedida con su letra pequeñita. 
             Y salió en silencio, cerrando la puerta tras de sí con el mismo cuidado que cuando entró.