lunes, 6 de abril de 2015

Odios.


Hoy me han dicho que te mueres, que apenas te quedan un par de días, que si quiero verte debo darme prisa, y de repente, toda nuestra historia se me ha caído encima como una piedra en una avalancha. Te mueres. ¿Y ahora qué? Mientras fuiste ese hombre fuerte, duro, inamovible en tus creencias, severo en tus decisiones, para mi fue más fácil odiarte. Porque te odiaba en la misma medida en que tú me ignorabas. No me viste crecer. No me ayudaste a madurar. Fuiste una sombra en mi vida, la silueta de algo que nunca estuvo a mi alcance, un peso en mi pasado más que apoyo en mi presente.
Y ahora te mueres. 
Y yo te sigo odiando.
Está feo odiar, lo sé. Y si es a tu propio padre, más aún. Pero ese ha sido el único vínculo que nos ha mantenido unidos a ti y a mí, padre e hija, estos veinte últimos años. El odio, créeme, lo sé, une más que el amor. El amor, con el tiempo, se atenúa y se convierte en una especie de costumbre cariñosa, en la satisfacción de la necesidad de compañía, en una amistad imperfecta. Pero el odio, si es real, con el tiempo se fortalece y se asienta en el corazón. Incluso después de que ya no recuerdes la razón de ese odio ni la ofensa, real o imaginaria, que lo originó. Sólo queda el odio. A nosotros sólo nos quedaba ese odio. Y ahora vas y te mueres. 
Dime, papá, ¿qué será de mí, ahora que ya no te tendré para odiarte? ¿Con qué llenaré mi vida a partir de mañana?

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