martes, 7 de abril de 2015

Personajes de mi infancia.


         De niño, asomado a la puerta de la tienda de mis padres, veía pasar lentamente la vida. La vida es apacible y dorada cuando eres un niño. Veía pasar a Manolo, el guardia municipal, con su correaje de cuero blanco y su salacot. Manolo, con ese bigotito fino tan de moda en la España franquista, bajito y rechoncho, imponía su autoridad sólo con su presencia. En aquellos años, llevar un uniforme, un silbato y una porra te investía de una autoridad indiscutible. Veía pasar también a Andresito, el mozo de la farmacia. Bueno, mozo porque ese era el cargo que ostentaba. Porque Andresito, menudo y nervioso, corriendo más que andando de recado en recado, ya había cumplido los cincuenta hacía tiempo. Decían las malas lenguas, que en mi calle eran todas, que no podía aspirar a otro puesto porque había hecho la guerra con el bando perdedor. Era, decían, de los de la "cáscara amarga". También decían que era un borrachito. Claro que para eso no hacía falta que las malas lenguas criticaran. El propio Andresito lo iba proclamando con su mirada turbia y ese aliento a coñac barato que iba dejando a su paso según avanzaba el día.
            Esta tarde, paseando por esa misma calle donde pasé mi infancia, tan cerca y tan lejos de la playa, horizonte cercano y al tiempo prohibido para mi, vi a un niño de seis o siete años asomado a la puerta de la tienda, supongo que de sus padres. Lo miraba todo con los ojos muy abiertos y una continua expresión de asombro en la cara. Nos miramos durante un rato. Yo, desde la atalaya caduca de mi edad. Él, desde la ingenua curiosidad de la suya. Espero que cuando pase el tiempo y ese niño sea un hombre recuerde también, como parte del paisaje de su infancia, a un señor con bastón que una tarde de abril le regaló una sonrisa nostálgica y un paquete de chicles.

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