domingo, 26 de abril de 2015

Vecinos.




              Al principio los vecinos no sabían bien qué era aquel extraño reflejo en la noche. Luego dijeron que era como el resplandor de la aurora boreal. Ninguno había contemplado la aurora boreal en su vida, pero sin duda quedaba bonito definirlo así, poético y dramático. Aunque nunca se supo  si la frase era de ellos o de un reportero metiche que buscaba ansioso un titular que lo catapultara a un programa de más caché. O al menos, uno con mejor nómina. Luego les pudo la curiosidad y fueron acercándose por grupitos, huyendo así de la responsabilidad de la individualidad. El colectivo ni tiene rostro ni tiene culpa. Y si la tiene, jamás la paga. La culpa colectiva es como el pecado original: al ser de todos no es de ninguno.
             Los primeros en acercarse fueron corriendo la voz. Había fuego en la casa del amo. El brillo de las llamas remarcaban las mandíbulas apretadas, los puños cerrados, los ángulos y aristas de las caras. El fuego crepitaba y lo devoraba todo, lo arrasaba todo, lo purificaba todo, lo impregnaba todo con ese olor a madera hecha brasa. Se escuchaba perfectamente cada crujido, cada crepitar, cada quebrar del incendio.  A lo lejos se oyó el ulular de una sirena. Alguien habría llamado a los bomberos. No tardarían en llegar. Un vecino escupió en el suelo y se dio la vuelta volviendo a su casa con las manos en los bolsillos. Le siguieron otros. Algunos le oyeron decir que por fin se hacía justicia. Otros simplemente callaban a su paso o asentían en silencio mientras se se iban con él.
                Cuando llegaron los bomberos no quedaba nadie allí. Sólo un montón de ruinas crepitantes que pronto serían un montón de ruinas empapadas y humeantes. Ante la Guardia Civil los vecinos declararon que sólo habían visto un resplandor en el horizonte. Alguno dijo que parecía una aurora boreal. Tal vez fue el reportero.