martes, 12 de mayo de 2015

Dios.

             

              Rezaba a diario a un dios en el que no creía. Realmente no creía en la existencia de ningún dios, pero le rezaba con fervor. No le daba nombre o título, no lo investía de ningún otro poder que el de ser, pero le rezaba con todas sus fuerzas. Rezaba en medio del miedo y la soledad, angustiado, buscando un consuelo que su mente sabía imposible, pero que su corazón anhelaba con desesperación. Sabía que dios, que los dioses, se inventaban por los hombres, que nacían, crecían y morían con las civilizaciones que los habían creado. Una civilización sucedía a otra, un dios reemplazaba a otro. Pero él seguía naufragando entre el miedo y el dolor, rezando a un dios en el que, en realidad, no creía, pero al que necesitaba.

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