sábado, 16 de mayo de 2015

El hombre gris


                Mi amigo Sergio Rueda se ha suicidado. No busquen su esquela en los periódicos o una reseña sobre su muerte en internet. No encontrarán nada. Sergio era un hombre tan común, tan del montón, que su muerte, lo mismo que su vida, no ha interesado a nadie salvo a los pocos que compartíamos miedos y frustraciones con él. Y hasta nosotros nos enteramos de su muerte cuando ya estaba frío y enterrado. No sé de quién partió la idea de reunirnos para tomar una copa en su memoria. La mayoría de nosotros no nos conocíamos más que de referencias, de oír nuestros nombres o nuestras supuestas hazañas contadas por Sergio cuando nos veíamos con él. Alguien decidió que sería un bonito gesto, el último sin duda, reunirnos y compartir los recuerdos que todos teníamos de él, así que cogió la agenda de Sergio y nos llamó a todos. Yo dije que sí. Todos aceptamos. Sergio sería un tipo gris y anónimo, pero era un buen tipo. Sin embargo, según acepté, me di cuenta de lo poco que sabía de él en realidad.
               ¿Había amado?  ¿Le habían amado de esa manera que cuando te dejan, se te revienta el corazón en mil pedazos? De niño, ¿le justaba jugar al fútbol, ir a la playa, o era de los que destacaban en ajedrez? Me di cuenta de que, a pesar de los años que llevábamos compartiendo mesa, mantel y anécdotas, no sabía nada personal sobre él. Era un hombre perfectamente hermético en ese campo. Por no tener, no tenía  facebook o twitter. Al menos, no que yo supiera. Al hablar con algunas de las personas que estábamos convocadas a su copa de despedida  todas me comentaron lo mismo: Sergio era un hombre muy discreto. Una buena persona, algo aburrido a veces, pero ahora que lo decía, no, nadie sabía nada de su vida privada...
          Sergio Rueda fue el hombre más gris dentro de un mundo de hombres grises.  No sé qué le llevó a tomar la decisión de acabar con su vida. No voy a pretender entender sus razones más íntimas para hacerlo. Sólo digo que lo siento, porque, tal vez, si me hubiera ocupado en saber algo más de él y algo menos de todo lo demás a lo mejor no se hubiera sentido aplastado por esa losa tan pesada que puede llegar a ser la soledad no buscada. Y a veces, hasta la buscada.