viernes, 1 de mayo de 2015

En la telaraña.


           Sabía que llegaba enfadada desde que oyó cerrar la puerta del edificio de golpe. Eso era una mala señal. Pero que subiera los tres pisos por las escaleras en vez de esperar al ascensor era la prueba definitiva: hoy habría bronca. Lo mejor sería que bajara el volumen del televisor. Nada la irritaba más que las alocadas cacofonías que eran a veces algunas tertulias televisivas. Pensó por un momento hacerse el dormido y capear de esa manera el temporal que iba a estallar por cualquier motivo nimio, pero sabía que iba a ser inútil. Estaba tan nervioso que seguramente los latidos de su corazón lo delatarían desde la misma puerta del piso. Y eso sí que la acabaría por enfurecer. Sabía que la gente se burlaba de él por el miedo que le inspiraba su mujer. Pero no podía evitarlo. Magdalena era una mala persona.
              Ya está. Ya lo había dicho. 
           Bueno, no, en realidad no lo había dicho. Sólo lo había pensado, pero eso sí, casi en voz alta. Casi, porque justo en ese momento entraba ella por la puerta del piso como debió entrar Aníbal con sus elefantes por Italia. La miró de reojo y se quedó inmóvil esperando que ella tomara la iniciativa de hablar. El primer brinco lo dio cuando ella lanzó las llaves sobre la mesita de la entrada. El segundo lo dio cuando el grito que lanzó llenó su cabeza y retumbó en toda la casa. Realmente no entendió lo que decía. Pero sí que entendió el sentido de aquel berrido: ella estaba furiosa y él iba a pagar los platos rotos. Como siempre. El primer cogotazo no lo vio venir. Le dio de lado. Lo dejó oyendo un zumbido metálico y con un terrible dolor de oído. El segundo golpe ya lo cogió encogido y el daño fue menor aunque ella le dio un puñetazo. A partir de ahí, lo de siempre: la acostumbrada lluvia de golpes y patadas. Hoy se esmeró. Cogió un libro de los gordos, de esos de la enciclopedia, y le golpeaba con saña mientras seguía gritándole cosas que no era capaz de entender. Debía estar francamente enfadada. Por fin tuvo suerte: uno de los golpes le dio en la cabeza y la luz se apagó de repente. Por fin oscuridad y silencio.Por fin ya no más dolor.
              Cuando se despertó ella ya no estaba. No estaba nunca después de esos ataques de ira. Mejor. No soportaría verle la cara. Apenas soportaba verse la suya propia. Y eso cuando podía. Cuando los ojos no estaban cerrados del todo. Miró el reloj. Eran las diez de la mañana. Tenía ocho horas hasta que ella llegara. Normalmente volvería de buen humor. O al menos no volvería tan enfadada. No solía tener dos días de furia seguidos. Se puso a recoger aquel estropicio y a limpiar la casa antes de ella llegara. No quería tentar a la suerte dejando el salón tirado y lleno de sangre, vómitos y orines. Pero antes se dio una ducha.  Seguro que después de una ducha su aspecto no sería tan terrible. Puso la tele. Bajita. No sea que se le olvidara luego y cuando Magdalena llegara estuviera el volumen muy alto y se enfadase. Cuando el agua caliente corría sobre su cuerpo molido, por primera vez en las últimas doce horas, se sintió bien.