lunes, 18 de mayo de 2015

Lo que nunca te diré.


                     Dicen que te han visto resguardándote en algún portal, huyendo de la lluvia y del viento helado que ha estado haciendo estas tardes. Me aseguran que estás más delgada, que se nota que no te cuidas, que debes comer mal cuando comes, y que hasta eso lo dudan. Me cuentan que caminas, caminas y caminas sin rumbo por la ciudad. Yo les digo que en realidad caminas sin rumbo por la vida. Que te perdiste cuando eras una niña y que desde entonces no has parado de andar y andar para encontrarte, pero que siempre yerras en el camino a seguir. Me preguntan con disimulo si sé cómo te ganas la vida. Como si eso fuera lo que me debiera importar y no el hecho de que estés viva, aunque tú misma no quieras aceptarlo, aunque a ti misma te desagrade tu propia existencia. Hoy he sido yo quien te ha visto. Sé que tú también me has visto a mi, no lo neguemos. Quise acercarme a ti, decirte que no te preocuparas, que todo iría bien, que nadie, ni siquiera yo, tenía el más mínimo derecho a juzgarte, que tu vida sería tuya -y solo tuya- desde que tú misma dejases de sabotearla. Quise decirte todo lo que siempre te digo en mi corazón cuando pienso en ti, todo eso que lleva tiempo luchando por salir de mi boca. Pero como siempre, callé. Pasamos uno al lado del otro. No sé si me miraste. Yo llevaba la cabeza baja y hasta los ojos cerrados para no verte así. Aunque tal vez fuera solo para no verte.
                 Mañana, o tal vez pasado, alguien volverá a decirme, como quien no quiere la cosa, que te han visto por la calle, triste, demacrada y vagando sin un rumbo definido. Y yo, mentiroso e hipócrita, me haré el sorprendido.