lunes, 11 de mayo de 2015

Mano, corazón y mente.


                    La angustia lo asaltaba cada vez que terminaba un relato o un poema. Las dudas lo asfixiaban impidiéndole descansar. ¿Y si ese era el último relato que pudiera escribir? ¿Y si ya no lograba inspiración para un próximo poema? Miraba el cajón donde guardaba los folios con los borradores de posibles historias o de poemas imposibles, llenos de tachaduras y enmiendas, escritos con esa letra que él y solo él era capaz de descifrar. Se preguntaba entre sudores si eso es lo que en realidad ocurría con los otros, con los que sí publicaba: que sólo él entendía qué quiso decir en ellos. Echaba de menos cuando escribir era para él una diversión, una manera placentera de evasión y no esta tarea pesada y dolorosa que, poco a poco, iba llevándole a una depresión. Al final, cuando la presión se hacía insoportable, tomaba de nuevo su pluma y el montón de folios y dejaba que su mano escribiera sola lo que su corazón le dictara. La mente, en realidad, era la que menos importaba en esos momentos. Ella volvería a tomar el mando después, cuando el poema o el relato estuvieran acabados, para volver a preguntarse si esa sería su última creación o si, al final, alguien entendería algo de lo que él deseaba contar.

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