sábado, 30 de mayo de 2015

Mi colegio.


               Hoy pasé de nuevo por delante de mi antiguo colegio. Hace cuarenta años que entré en él por última vez, pero lo sigo recordando como si hubieran pasado apenas unas semanas. Me paré delante de su cancela de hierro forjado y escuché de nuevo las voces de los niños cantando a coro alguna lección. Me pareció oler de nuevo ese aroma característico de los libros recién estrenados y de la goma de borrar Milán blanca. No sé por qué razón, la verdad, nos daba por comerla. Tal vez fuera el aburrimiento o que éramos, los niños de entonces, un tanto como animalillos, como cabras que le pegábamos el diente a todo: gomas, lápices, tapas de boli y hasta alguna oreja en las peleas de patio.
          La calle de mi antiguo colegio sigue igual: estrecha, oscura, fría... Es como si el tiempo, que ha ido cambiando toda la ciudad, hubiera respetado ese trozo de mi pasado para que yo pudiera acudir a él cuando la tristeza y la nostalgia me agarrotan el alma. Probablemente mi infancia no fue ese espacio feliz que mi mente, mentirosa y compasiva, se empeña en forjar para mi. La verdad es que era un niño muy despistado y ensimismado, gordito y sobre protegido, que cargaba con una pesada cartera llena de libros, libretas, lápices, bolígrafos, una bolsa de boliches para el recreo, y una regla transparente que se curvaba para poder cerrarla. Mis escasos amigos eran como yo. Formábamos un grupo patético de niños cuya ingenuidad era tan grande que servíamos de burla y chirigota para el resto de la clase. No éramos más tontos que ellos pero cada uno de nosotros arrastraba una historia que nos hacía diferentes al resto del grupo, y si hay algo que un colectivo no perdona es la diferencia. Nos reuníamos en una especie de batallón de los torpes para protegernos mutuamente. Sin embargo, y a pesar de todo ello, cada vez que recuerdo esa época lo hago con el dulce sabor de la nostalgia. Cómo ha debido de ser mi vida desde entonces, me digo a mi mismo, para que esa fuera la etapa que con más agrado recuerde. La vieja calle  ya empieza a oler a potaje y a frituras. Es la hora de comer y el timbre del colegio me dice también es la hora de que yo me vaya.

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