miércoles, 13 de mayo de 2015

Planes.


                 Siempre que veía llegar a su padre a casa, cansado, frustrado, ojeroso, malhumorado, triste, se refugiaba bajo la mesa del comedor, en medio de las penumbras que rodeaban esa habitación. Le escuchaba comentarle a su madre con amargura las penurias de su día y como acababa siempre igual: quejándose porque sentía que en su vida todos tomaban decisiones menos él. El niño se prometió que él no sería como su padre y a los diez años empezó a planificar su vida. Tenía claro que quería ir a la universidad, la carrera que iba a estudiar, la profesión que iba a ejercer, la edad a la que iba a casarse, los hijos que iba a tener, dónde iba a vivir y hasta en qué orden iba a usar sus apellidos, silenciando el de su padre, anteponiendo el de su madre. Hoy, cuando llegó a casa, cansado, frustrado, malhumorado y triste se sentó en el suelo, junto a la mesa del comedor. Ya no cabía debajo. Tampoco tenía a quién comentarle las amarguras y las penurias de su día. Por un momento le pareció ver debajo de esa mesa a un niño que, acostado y en silencio, planificaba cuidadosamente su vida futura.

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