lunes, 8 de junio de 2015

Esperas.


                Aquel final de primavera estaba siendo inusualmente frío y oscuro y eso le estaba pasando factura. Se sentía triste, desganado, cansado a todas horas. Necesitaba algo que le hiciera reaccionar, que le devolviera las ganas de hacer cosas, de salir a la calle, de vivir. Necesitaba amor en su vida, pero desde que Elvira se había ido diciendo aquello de "necesito que nos demos un tiempo para reflexionar hacia dónde va nuestra relación", el frío y la soledad se habían asentado en su vida. Él ya sabía hacia dónde iba su relación: a la puta mierda. Hacía tiempo que "su relación", como ella decía, no era sino un espejismo, pero ambos se negaban a reconocer. Era como el regusto amargo que deja en la boca el café cuando se toma según los cánones: empieza siendo agradable y acaba siendo un recuerdo ácido. Y ahora solo siente frío cuando llega a casa. A pesar de que el verano esté solo a dos semanas o de que esté viviendo en la zona más cálida de la isla. Por eso se sienta frente al teléfono esperando que suene y entra en su correo electrónico cada media hora con la esperanza de que Elvira hubiera mandado algún mensaje que le diga si ya ha reflexionado sobre el sentido de esa relación sin sentido desde hacía tanto tiempo, o se asoma a cada rato a la ventana para ver si, entre tanto nubarrón negro, sale -aunque sea tímidamente- un rayo de sol que le de alguna esperanza.

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