martes, 23 de junio de 2015

Fuegos de artificio.


                Desde pequeño sentía una fascinación especial por los fuegos artificiales y por las multitudes. No entendía cómo había gente que se agobiaba en medio de estas o se asustaba con aquellos. Para él era el instante perfecto, estar rodeado de cientos, tal vez miles, de desconocidos y sentir cómo retumbaban en su pecho los estampidos de los voladores, como los llamaba su padre. Claro que los fuegos de artificio de esta noche y los voladores de su infancia poco tenían en común salvo que, hoy como ayer, lograban que por un momento dejara de preocuparse por si su corazón latía o no a la velocidad y con el ritmo adecuados porque la patata, como le decía su hija pequeña, se ponía a latir acompasando su ritmo con el de los voladores. Jamás le confesó a nadie que, cuando estos acababan, en medio de la negrura súbita de la noche, más oscura y silenciosa aún si cabe después de tanto ruido y color brillante, se quedaba un rato con la mano en el pecho y los ojos cerrados esperando a comprobar si, después del espectáculo, su corazón era capaz de seguir latiendo por si mismo.

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