viernes, 19 de junio de 2015

La florista.


            Cuando encontraron muerta a la florista del cementerio sentada delante de su puesto, nadie supo explicar cómo había ocurrido. Anabel era parte del paisaje en ese cementerio. Era como los cipreses de la entrada, como la cruz de hierro pintada de verde que lo presidía o como la veleta en forma de ángel que coronaba su torre. Llevaba allí desde siempre. De hecho, vivía en la caravana que le servía de puesto de venta, delante de la que, cada mañana, ponía los enormes cubos de goma negra llenos de flores y las dos coronas que tenía siempre preparadas para su venta. Si no hubiera sido porque una de las coronas estaba mustia, y ella jamás lo hubiera permitido, nadie se hubiera percatado de que estaba muerta. 
              Anabel no tenía familia. Al menos, nadie le recordaba ninguna. Cuando llegó al pueblo aparcó donde mismo tenía esta mañana la caravana que sustituyó al furgón, que  a su vez sustituyó a esa vieja furgoneta en la que llegó al pueblo la víspera del día de difuntos de hace cincuenta años y de la que sacó apenas dos baldes con unos ramos de crisantemos. Su medio de transporte había evolucionado al mismo nivel en que lo hacía su negocio. Y hoy estaba muerta justo en ese mismo sitio, sentada en su vieja silla de playa, cubierta con el mismo sombrero que llevaba desde hacía años. La noticia corrió por el pueblo como la pólvora. Todos se extrañaban de su muerte. Tal vez porque la consideraban ya una parte  de sus vidas. 
               Su duelo fue el más multitudinario del pueblo en muchos años. Todos querían comprobar que, de verdad, era ella la del féretro. Todos querían, de alguna manera, presentar sus respetos a quien puso tanto mimo en hacer los ramos mortuorios de los duelos de los últimos cincuenta años. La mañana de su entierro llegó al pueblo una chica joven manejando un viejo ciclomotor. Nadie la conocía, pero abrió la caravana de Anabel con sus propias llaves y en seguida se puso a confeccionar la corona más grande y hermosa que nunca se había visto en un entierro en toda la comarca. Ni siquiera la de Don Julián, el mayor terrateniente de la zona. Ni tampoco la que adornaba el ataúd de Don Pedro, el alcalde durante tantos años. Nadie le preguntó nada. En el fondo, tampoco lo hicieron cuando llegó Anabel, medio siglo atrás, para ser una parte más del paisaje del pueblo.

1 comentario:

SABINA dijo...

Estupendo relato. El personaje me recuerda a Eleanor Rigby como pudo ser, como la imaginaron Lennon y McCartney en su momento, aunque en realidad su muerte sea todo lo contrario y su vida también. Es la mujer rodeada de muerte que muere rodeada de vida. Genial Jesús. Felicidades.